lunes, 18 de marzo de 2019

"Feliz final", de Isaac Rosa

Editorial Seix Barral, octubre de 2018
336 páginas.

     El tema de esta novela es el desamor entre una pareja que se inició enamorada y, tras trece años juntos, se divorcia. Pero en lugar de intentar olvidar lo antes posible, estas personas deciden efectuar una disección detallada de lo que ha sido su relación, una especie de terapia que les permita valorar lo bueno que tuvieron y colocar en su sitio lo malo para reanudar sus vidas sin traumas. 
     Hay dos aspectos novedosos que me gustaría destacar.
Isacc Rosa
Por un lado, la estructura del relato sigue un orden cronológico singular pues no empieza por el principio para llegar al final, sino que lo hace al revés. Así, parte de los hechos más recientes, y también más dolorosos, para ir, cada uno de los protagonistas, desescombrando 
(como el trabajo de un arqueólogo) sus respectivas memorias hasta llegar al comienzo de su relación, al primer encuentro y reconocimiento del otro, la época del deslumbramiento, la más gozosa porque se forjan las ilusiones y se deposita la confianza en el otro. 
     El segundo aspecto es que hay dos voces narrativas alternantes, la de él y la de ella, que utilizan la segunda persona, pues el relato discurre como un intercambio epistolar entre ellos o una conversación, a la que el lector asiste pasivo aunque no indiferente pues hay múltiples elementos con los que identificarse.
     Isaac Rosa (Sevilla, 1974) despliega todo su potencial narrativo, que es mucho, para bucear en el alma de sus protagonistas, pues esta novela es profundamente psicológica. Muestra un gran conocimiento de la condición humana, del amor y de las primeras decepciones, de la pasión y el deseo, de los silencios que ocultan anhelos no compartidos, de los reproches, del desgaste que produce la convivencia, de las discrepancias respecto a la educación de los hijos, el rol de la madre en la familia y la desigual importancia del trabajo externo, del éxito profesional. Temas cercanos que nos afectan a todos, que hemos observado en otros o en nosotros mismos y que Feliz final (también el título está al revés porque el final de la novela es feliz porque cuenta el principio de la historia), en ese largo y denso diálogo nos muestra como en un espejo.
     Una lectura que interesa, pero exige lentitud para asimilar tanta reflexión. La prosa es rica y más que correcta.

     María García-Lliberós

domingo, 3 de febrero de 2019

"El salto de papá", de Martín Sivak


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Prólogo de Claudia Piñeiro.                  

Editorial Seix Barral, 2018.
313 páginas.

El salto de papá es un libro difícil de etiquetar que está teniendo un éxito extraordinario en Argentina porque, entre otras causas, los Sivak son, o han sido, una familia poderosa y con capacidad de influencia en los años terribles de las dictaduras militares y primeros gobiernos democráticos. El autor es hijo de Jorge Sivak, un financiero que se suicidó el 5 de diciembre de 1990, un día antes de que su banco fuera declarado en quiebra, tirándose desde un piso décimo sexto, de ahí el título, en el que vivía Samuel Sivak, patriarca de la dinastía. Entonces Martín tenía 15 años y admiraba a su padre. El impacto de su muerte fue brutal y encontrar una explicación a ese suicidio se convirtió en algo obsesivo. El salto de papá es el resultado de su investigación, una terapia intermitente en la que ha vivido durante casi treinta años.
Cinco años antes, en 1985, su tío Osvaldo, quien compartía con su padre la titularidad y gestión de los negocios, fue secuestrado y asesinado tras cobrar el rescate, por un grupo de policías corruptos que habían quedado en el paro tras la limpieza que hizo el presidente Raúl Alfonsín al llegar al poder poniendo fin a la dictadura militar. Osvaldo está considerado como uno de los “desaparecidos” de la época de las dictaduras. Estos dos hechos, el suicidio y el secuestro, van a condicionar en gran medida el desarrollo del libro, al igual que condicionaron la vida del autor.
El salto de papá es, en primer lugar, un homenaje al padre, hecho desde el amor filial más puro. Se concreta en una recuperación de su personalidad y es, en este afán, donde el autor crea un gran personaje literario: el de Jorge Sivak. Surge como un hombre contradictorio que vive con sinceridad esas contradicciones. De convicciones comunistas, admirador de Stalin por su lucha contra el nazismo, militante del Partido Comunista de Argentina, y presidente, al mismo tiempo, de una entidad bancaria del entramado de un sistema capitalista. Una combinación pintoresca, sin duda, que debió crearle problemas. Un hombre de personalidad arrolladora, caótico, desastrado, con encanto a pesar de ello, generoso, leal a sus amigos y a su equipo de fútbol, pésimo gestor económico –intentó negocios con los países del bloque soviético para traer un poco de socialismo a su país y no salió bien ninguno-, atormentado por el secuestro y asesinato de su hermano y el curso de los acontecimientos posteriores, por los reproches de Marta, su ambiciosa cuñada que le acusó del desenlace del mismo. Martín Sivak no oculta los grandes defectos de su padre y, sin embargo, consigue despertar en el lector cariño por él, comprensión, tolerancia y simpatía.
Martín Sivak (Buenos Aires, 1975)
El salto de papá es también una crónica social y política de la Argentina durante las dictaduras militares y de cómo “el horror se filtró por distintas fisuras durante los primeros años de la democracia”, según palabras del acertado prólogo de Claudia Piñeiro que abre el texto. Martín Sivak, para llevar a cabo su investigación, se entrevista con decenas de personas que tuvieron alguna relación con su padre, y deja constancia de ellas. Políticos, editores, periodistas, militares, empleados suyos que le robaron, personas conocidas en la sociedad de allá, que aparecen con sus nombres y apellidos, pues el libro tiene también su parte importante de ajuste personal de cuentas, una cuestión que, sin duda, le guste o no al autor, haya sido o no su objetivo, ha debido contribuir en el incremento comercial del libro. Estas múltiples referencias locales despiertan menos interés en España donde la mayoría son actores desconocidos.
Finalmente, El salto de papá es un ejercicio de introspección en torno a los sentimientos del autor hacia su familia y, en especial, hacia su padre. También respecto al dolor y su superación, a la muerte y la ausencia. Martín Sivak nos habla de sí mismo o se habla sobre sí mismo y expone su largo proceso de duelo hasta que supo encontrar su punto final.
Un libro emotivo que se lee con gusto. Un acierto de la edición el haber mantenido el lenguaje, el español de Argentina, sin cambios.

María García-Lliberós


martes, 22 de enero de 2019

"Las óperas perdidas de Francesca Scotto", de Elena Casero


 
Elena Casero y la portada de la novela
Talentura Libros, 2018
310 páginas.

Elena Casero (Valencia, 1954) es una escritora prolífica, autora de novelas como Tango sin memoria (1996) y Donde nunca pasa nada (2014), y libros de relatos cortos y microrrelatos como Discordancias (2012) y Luna de Perigeo (2016), en los que brilla con luz propia. En esta ocasión nos ofrece una novela larga sobre la maldad que genera el rencor. A su lado, la venganza y la crueldad emergen como instrumentos esenciales al servicio de la misma. El tema obliga a profundizar en los aspectos psicológicos de los personajes, pues el rencor profundo no es un sentimiento espontáneo sino que viene provocado por alguna injusticia o humillación en el pasado que ha abierto una herida en el interior de las personas.
El desarrollo argumental de esta idea sitúa la trama en el mundo de la ópera. Con músicos, directores de orquesta, críticos, estudiosos musicales, coleccionistas de partituras antiguas y otros intelectuales afines, teje la autora una intriga que se desarrolla en el mundo contemporáneo pero tiene sus raíces en la Italia del siglo XVII, en el que vivió Fracesca Scotto, autora de la ópera L’amore del cavaliere, y algunas otras, pero su condición de mujer, como en tantas ocasiones, favoreció su olvido por la Historia.
Ricardo, argentino de nacimiento, con un pasado que intenta borrar, prestigioso y arrogante director de orquesta, compra a un librero de viejo una partitura de la ópera mencionada sin tener la seguridad de su autenticidad. La existencia de ese documento, valiosísimo de ser el original, pondrá en marcha una reacción sorprendente en Karolina, violinista y compañera de vida que, a su vez, provocará la repentina muerte de Ricardo.  Sus más allegados, Alberto, su asistente personal, Patricia, su ama de llaves, Fernando, crítico musical, y George propietario inicial de la partitura, se unirán para investigar los hechos, descubrir la verdad y desvelar el misterio.
Una novela que sólo puede haberla escrito una persona con conocimientos musicales, que ame y conozca esos ambientes. Elena Casero cumple esta condición, me consta que ha estudiado música y toca el oboe en la banda de su pueblo. Resulta interesante e instructivo el descubrimiento para el lector de este mundo deslumbrante con entresijos capaces de acoger la tragedia y las pasiones.
Elena Casero
Los personajes están diseñados con inteligencia. El que más interés me ha despertado es el de Patricia, también de procedencia argentina que ha vivido la terrible época de las dictaduras militares, alejada de estereotipos y con fuerza, con la pizca de ironía necesaria y bastante generosidad. Karolina constituye el personaje ausente que desde la distancia está moviendo a todos, la mujer fatal que no perdona y se condena a la soledad.
Las óperas perdidas de Francesca Scotto no es una novela negra propiamente dicha, pero toma algunos de sus elementos, como la turbiedad del texto. El lector ni siquiera está seguro de encontrarse ante un crimen aunque haya un muerto que reclame justicia. La autora juega con la elipsis y la confusión, deja al lector de imagine escenas y posterga explicaciones para alimentar el enigma que alimenta la curiosidad. La primera parte se sucede con un ritmo lento, como si el texto quedara suspendido en el aire mientras toma impulso, lo que consigue plenamente en la segunda.
Una novela amena y de interés creciente. Léanla.
María García-Lliberós


martes, 15 de enero de 2019

"30 maneras de quitarse el sombrero", de Elvira Lindo


Ed. Seix Barral,  2018.       
     
285 páginas.

Colección de 30 micro ensayos en torno a mujeres (y algunos personajes literarios femeninos) que, de alguna manera, por su vida o por sus escritos, han influido sobre Elvira Lindo, de las que ha aprendido algo y con las que se ha sentido identificada. Rasgos comunes son la valentía, la rebeldía, el inconformismo ante las actitudes que la sociedad ha atribuido a las mujeres para que sean como “deben ser”, la tenacidad y el afán de justicia. El trigésimo es un autorretrato de la autora en el que se califica como mujer inconveniente y lo acompaña de un dibujo de ella como una payasa con chistera. Sin embargo, en este libro Elvira Lindo, una escritora que domina los recursos de la comicidad, no busca hacer gracia ni ser graciosa, porque aborda asuntos que no la tienen y que, al contrario, le han provocado indignación o tristeza en su momento por injustos, o admiración, piedad, y empatía por la mujer que los ha protagonizado y sufrido.                                       
Elvira Lindo
En esta obra Elvira Lindo evidencia varias cosas: que posee una amplísima cultura literaria al igual que una enorme capacidad crítica y que sus valoraciones sabe exponerlas con una prosa cuidada y rica. Me ha gustado, especialmente, el ensayo titulado Tristana o el amor libre, por la forma cómo nos presenta el personaje y las conexiones con la biografía de su creador, don Benito Pérez Galdós, reflejado en ese don Lope egoísta, mujeriego, alejado de cualquier compromiso que trata a la mujer como pieza de placer sin importarle su deshonra, y territorio en el que ejercer el dominio, mientras respeta las formas exquisitas de su educación burguesa. Tristana fue escrita en 1891 cuando Galdós mantenía una relación con la joven aspirante a actriz Concha Morell, en quien se inspiró. Incisiva la conexión que hace con la película de Luis Buñuel inspirada en la novela de Galdós y la interpretación que hizo el genial director del deseo erótico de don Lope. Un análisis muy inteligente, de alto valor intelectual y ponderado pues muestra también la parte feminista de Galdós que siempre se preguntó qué habría sido de las mujeres si la sociedad no les hubiera cortado las alas.
El recorrido comienza con otro personaje literario, el de Pippi Calzaslargas “una criatura que estando sola en el mundo no se presenta jamás como víctima”, una anarquista salvaje y libre, con la que Lindo mantuvo gran sintonía durante su infancia. En este tipo de relatos es dónde aflora con mayor nitidez la sensibilidad de la autora.
De alguna manera, la biografía y personalidad de Lindo está presente a lo largo del libro al enfatizar los rasgos de sus protagonistas en los que ella se ha sentido próxima. Nos habla de ella a través de otras mujeres. Así conocemos su frustrada vocación de actriz y su conexión melancólica con el mundo de los cómicos cuando se acerca a la figura de María Guerrero. O su condición de niña especial que no cumplía con las exigencias de la feminidad establecida, al hablarnos de Elena Fortún, la creadora de Celia.
Especial interés me ha provocado la figura de Joyce Maynard y su terrible experiencia con J. D. Salinger, ya famoso por su obra El guardián entre el centeno, un manipulador misántropo de 53 años ante una presa inocente de 18. Por contarlo, por evidenciar la resistencia de los intelectuales a la igualdad de las mujeres y su fascinación por el poder sobre ellas, Maynard sufrió las críticas más feroces de sus coetáneos.
En definitiva, un libro interesante del que se aprende mucho, resultado de muchas horas de investigación y lectura por parte de Lindo, que nos muestra de manera interpuesta la cara más intelectual de la autora, la más intimista y oculta hasta el momento. Me ha sorprendido que en su autorretrato dedique atención a lo que significó en su vida Manolito gafotas y sus artículos de la serie Tinto de verano que publicó El País y no diga nada de su faceta como novelista. Respecto a los artículos, parece como si necesitara justificarse ante críticas recibidas, no por la calidad literaria de los mismos sino por la sátira que incluía respecto a “su santo” que confundieron con el entonces director del Instituto Cervantes en Nueva York. No me ha parecido necesario porque las críticas necias no merecen respuesta. Un pequeño reproche que no ensombrece los méritos del libro.

María García-Lliberós




miércoles, 26 de diciembre de 2018

Los personajes femeninos en la novela "La función perdida"

Este fue el título de la conferencia que impartí el pasado 19 de diciembre en la Biblioteca de la Dona de Valencia. La introducción la hizo la poeta y crítica literaria Gloria de Frutos y se extendió también sobre personajes femeninos de otras de mis novelas. Ella ha leído toda mi obra y sabía de lo que hablaba. Ha sido tan amable de enviarme el texto que con gusto comparto con los lectores de este blog.

Introducción de Gloria de Frutos.
Gloria de Frutos y María García-Lliberós
Buenas  tardes. Es para mí  un privilegio y motivo de alegría estar hoy en la Biblioteca de la Dona, lugar de encuentro y consulta donde siempre somos bien acogidas por Carmen su bibliotecaria. Hoy de manera especial es un honor estar con la escritora María García-Lliberós a la que conozco desde hace muchos años y con la que comparto el placer por la lectura. María es una de mis escritoras predilectas a la que admiro profundamente, mi fascinación  por  ella se ha ido consolidando a través de su obra, desde “La Encuestadora” publicada en 1992, ganadora del premio Gabriel Sijé, hasta la “La función perdida”, la novela que hoy nos reúne. María ha colmado las expectativas de una lectora habitual, como son, el hecho de disfrutar con la lectura y  la posibilidad de aprender siempre algo nuevo. Es una gran crítica literaria pues desde su blog “Crónicas de lecturas” ejerce una estupenda labor de fomento de la lectura, por medio de las reseñas y las recomendaciones que todos los veranos nos sugiere con títulos que nunca defraudan. Admiro a María como mujer comprometida y solidaria con la que siempre se puede contar y a la que tengo un cariño muy especial.
Al preparar esta presentación he revisado as novelas de María García-Lliberós y me doy cuenta de lo importante que es su obra para conocer el tiempo que nos ha tocado vivir. Siempre he mantenido la teoría de que la persona que escribe novelas es el “otro historiador”. El que muestra la vida cotidiana  de un tiempo, las costumbres, los conflictos, los sentimientos. No se limita a exponer unos hechos puntuales con sus causas y consecuencias políticas sino que nos muestra la sociedad de una época determinada, deja que hablen esos protagonistas anónimos que la forman. Para entender el siglo XX y lo que llevamos del XXI os recomiendo leer las novelas de María.
En La función perdida María se vale del protagonista, Emilio Ferrer, personaje que atrapa desde el principio, para abordar realidades sociales  que se han convertido en verdaderos iconos de la actualidad: la supervivencia después de la jubilación con todas las circunstancias sociales y personales que esto implica. La soledad tras la pérdida de la pareja, las relaciones con los hijos, el empleo del tiempo, etcétera. Emilio Ferrer hace una revisión de la vida que ha llevado hasta ese momento y de alguna manera se rebela ante el hecho de ser un ciudadano pasivo. Pero hay mucho más, en esta novela. María ha construido unos personajes que a través del  escepticismo y la ironía de Emilio, la amistad incondicional de Guillermo y la naturalidad de Nacho se oponen a Jaime Fontelles, Eduardo Palacios, José Luis Simó y Gerardo. Tengo que confesar  que Emilio Ferrer es un personaje que me ha cautivado con todos sus defectos y virtudes por  ese sentido práctico que le lleva a adaptarse a cada  circunstancia.
Se puede considerar que La función perdida recrea un mundo masculino, pero no es del todo cierto.  Los personajes femeninos de los que nos va a hablar luego María son cruciales para el desarrollo de la trama y componen un puzzle donde todo encaja y se resuelve de manera impecable. Como la conferencia de María trata de las mujeres en La función perdida yo he hecho una breve revisión de los personajes femeninos de sus novelas anteriores para ampliar esa evolución de la mujer en un mundo de poder masculino, porque mirando hacia atrás se entiende mejor el presente.
Todas las mujeres en la obra de María García-Lliberós tienen en común la lucha por la libertad, la búsqueda de su identidad como ciudadanas de pleno derecho y la conquista de la felicidad. Cada una desde diferentes profesiones y estatus social, con distintas estrategias aportan una visión de las dificultades que han tenido que superar hasta conseguir la igualdad, el  reconocimiento o el poder.
No voy a seguir un orden cronológico de publicación de sus novelas sino que voy a empezar por una protagonista que sentí muy cercana, quizás porque tendría más o menos la edad de mi madre y me ayudó a entender a la generación  que me precedió.
Se trata de Berta, la protagonista de Babas de caracol publicada en el 2006, una mujer que es toda una lección de resistencia a la adversidad. Nace a principios del siglo XX y muere en el 2002, sufre el peso de una educación orientada para ser una buena esposa y mejor madre: algo de cultura general, costura y mucha moral religiosa. Babas de caracol es, bajo mi punto  de vista   la novela más elaborada o completa ya que abarca casi cien años de nuestra historia y está  bien documentada respecto a la  época en la que suceden los acontecimientos y sobre los términos legales de los que depende la  ejecución  de la  última  voluntad de la protagonista. Berta es testigo de nuestra historia, conoce una república, una guerra, una dictadura y una transición. Sin embargo Berta es víctima de la  calumnia en una sociedad intolerante cuyas consecuencias marcarán  su vida para siempre,  se  comete con ella una  injusticia desde la intimidad del hogar, siendo el blanco perfecto para los hombres que la rodearon, el padre, el marido incluso el hijo.
 En Equívocos (1999) los personajes son los propios narradores que cuentan la historia  desde su punto de vista personal. Según se avanza en la lectura, es el lector quien ordena todas las piezas hasta llegar a una de las protagonistas que, para  mi, se convierte en el eje de la historia: Pilar cambia la perspectiva de la trama. Relata las  falsas  apariencias de una sociedad injusta que se divide entre ganadores y perdedores generando amargura y frustración. Pilar es un personaje que todas hemos podido conocer de alguna manera, son esa clase de mujeres que se someten a una vida de falso bienestar y a unas ideas que no comparte para favorecer a sus padres y devolverles la casa que les fue arrebatada de manera ilegal. Equívocos fue finalista del Premio de novela Ateneo de Sevilla. Obtuvo el Premio de la Crítica Valenciana y se llevó al cine por el director valenciano Miguel Perelló con el  título de Mentiras.
Eva, la protagonista de La encuestadora muestra cómo la soledad interior de muchas mujeres, aun estando acompañadas, genera la necesidad de vivir algo diferente para liberarse de una existencia anodina. Eva encarna a esa mujer de finales del siglo XX que con valentía asume su sexualidad. Se trata de la liberación de la mujer en el terreno emocional, en el profesional ya se había dado, pero en el ámbito sentimental todavía era necesario derribar ciertos tabúes y Eva hace una incursión en este territorio femenino tan desconocido a veces por la propia mujer.
 El juego de los espejos (1996) narra  con un lenguaje muy dinámico una historia con cierta intriga cercana a la novela negra. Violeta Navarro es una mujer de 35 años tan atractiva como ambiciosa, tiene una gran intuición que utiliza para conseguir sus propósitos. Violeta dirige una empresa pública y se encuentra con Emerano Alcántara, auditor y poeta, un escritor con poca  fortuna con una vida insulsa que se ve  envuelto en la intriga de un premio literario. Paula, la esposa de Emerano es también una mujer astuta, poco atractiva pero constante hasta conseguir conquistar a Emerano ya que para ella el matrimonio es un seguro de vida.
 Para Violeta, el poder y el dinero, son la clave del éxito y para conseguirlo no duda en utilizar todos los medios de los que dispone. El juego de los espejos nos muestra  una sociedad egoísta, agresiva y competitiva. Se trata del mundo de los ejecutivos que con la nueva moral de los tiempos que corren a finales del milenio, parece disculpar la manera de ser de estos personajes como aceptando que son la consecuencia de la era que les toca vivir.  
El  hecho  de que el  mundo literario esté presente  en la  novela, añadió para mí un interés especial dado que entonces yo desconocía en parte los entresijos de los concursos literarios y todo lo relacionado con los jurados de los premios.
Como ángeles en un burdel (2002), Premio de novela Ateneo de Sevilla, es una novela  con un punto de crudeza que  inquieta. María  García-Lliberós se mete en la piel de la joven Angélica, de 31 años, que tiene una  relación tormentosa, desde muy jovencita, con un hombre mucho mayor que ella, Miguel, quien la seduce y manipula hasta crearle una dependencia absoluta. Una se pregunta cómo a finales del siglo XX con los cambios sociológicos conseguidos, con una transición que no fue perfecta pero que dio paso a libertades imprescindibles, todavía hubiera  mujeres tan necesitadas de afecto para sentirse bien y que esta circunstancia las llevara a un sometimiento tremendo. Esta necesidad de sentirse querida la obliga a hacer cosas que no desea, por agradar a Miguel, el hombre que la domina de manera calculadora,  para luego echarle en cara que  carece de criterios propios o que es insegura.El desenlace de la novela es muy fuerte porque la única salida que ve Angélica de ese dominio es la desaparición de su amo. Tengo que reconocer que este es uno de los personajes de la obra de María que más me ha hecho reflexionar. Sin querer he juzgado a Angélica y el veredicto no ha sido indulgente. Puedo entenderla, pero no aprobarla.
Lucía o la fragilidad de las fuertes (2011) nos presenta otra clase de mujer independiente, heredera  de la fortaleza  de las  mujeres  que  la han precedido. El descubrimiento de un secreto  familiar cambiará el  concepto  que  Lucía  tenía  del pasado  y le hará  tomar  decisiones importantes sobre su  futuro. Lucía se reencuentra con  Paloma y Lola sus amigas de la infancia. Se trata de mujeres cuya independencia económica les ha proporcionado una  libertad  que las tres amigas han aprovechado, cada una a su estilo. Lucía o la fragilidad de las fuertes habla de una nueva generación de mujeres viviendo en una democracia por la que lucharon en su juventud. El título de esta novela me inspiró un poema llamado “La fragilidad de las fuertes” que ha sido publicado en diversas antologías. Por supuesto pedí permiso a María para utilizar el título de su novela pues me parecía muy acertado.
En Diario de una sombra (2015) Elsa es una mujer que habla por medio de su diario y dos o tres cartas que tardan 30 años en leerse por el abogado Gabriel Pradera con el que tuvo un romance en Londres. Como todo acto tiene sus consecuencias, esta relación la tuvo con el  nombre de Gonzalo. Elsa no se valora lo suficiente por lo que se deduce de su diario, tiene a su amante en un pedestal y cuando este desaparece de su vida asume el abandono con dignidad aunque nunca deja de amarlo. Nuria, la esposa de Gabriel no tiene la culpa de ser la hija de un banquero que la convierte en la esposa útil para que un hombre ambicioso  medre  en un mundo de influencias y lujo. Hay otra mujer en la trama de la novela, Cristina,  cuya ambición y malas artes precipita el desenlace. Doña Manuela es un personaje entrañable con la sabiduría que da la edad para comprender a los seres queridos y la capacidad de olvidar todo cuanto lesione el sosiego de su vejez.
Y llegamos a La función perdida: Ana, Trini, Elena y Marisita en la vida de Emilio. Adela, Adelita y Sara en la vida de Guillermo y como secundarias están Scarlett, Cristina y  Mercedes. Todas son mujeres auténticas que dan mucho juego a la trama y merecen un amplio debate, pero para eso cedo la palabra a la autora para que nos desvele la psicología de cada una de ellas.
Gloria de Frutos

martes, 25 de diciembre de 2018

"Hotel Voramar", de González de la Cuesta



Editorial Sargantana, 2018.
266 páginas.

Tercera novela de González de la Cuesta (Madrid, 1958). La acción transcurre entre Castellón y Benicasim, donde se encuentra el Hotel Voramar en un enclave delicioso frente al Mediterráneo. Ese hotel, inaugurado en 1930 y todavía prestando servicio en la actualidad, ha sido escenario privilegiado de importantes encuentros. Durante la Guerra Civil fue hospital de las Brigadas Internacionales en una primera fase y de las tropas de Franco después. También fue, en la posguerra, sede de la Sección Femenina hasta 1950 momento en que recupera su función de hotel. Los que conocemos la belleza de la costa de Benicasim, su Paseo Marítimo y las conocidas Villas o casas de veraneo de las familias burguesas de Valencia y Castellón, no nos sorprende que se escoja como escenario de una trama novelesca porque cumple los requisitos para el encuentro romántico y para la tragedia criminal, dos elementos presentes en esta obra. González de la Cuesta, que aunque nacido madrileño reside en Castellón, lo ha tenido claro y convierte con acierto al Hotel Voramar y al paisaje de su entorno en protagonista esencial de la novela.
González de la Cuesta
La novela tiene dos partes y un epílogo. La primera atiende a un encuentro en el Hotel Voramar, en 1957, entre Marcos Sampedro, propietario de un próspero comercio en Madrid y miembro del Comité Central del Partido Comunista de España, y Petra Müller, bella mujer alemana portadora de una dolorosa carga derivada de su pasado como esposa de un nazi miembro de las SS y su posterior paso por un campo de concentración al descubrirse su origen judío. Ambos se hallan huyendo de algo. El autor tiene aquí el segundo acierto al tratar dos temas literariamente poco explotados y con abundante material novelable: las interioridades del PCE, en aquellos años feroz con cualquier disidencia aunque esta se limitara a expresar una opinión crítica con la dirección, y penetrar en la vida doméstica y en las instituciones menos conocidas del régimen nazi, como las Lebesborn, el sitio donde chicas convencidas acudían a engendrar hijos arios para la nueva Alemania, temas jugosos que dan mucho de sí y aseguran la tensión narrativa.
La segunda parte transcurre en la actualidad y adopta técnicas del género negro. Sesenta años más tarde Lola Vallard, nieta de Petra, una mujer también muy bella, se encontrará con Jacobo López, abogado de Castellón en el Hotel Voramar para encargarle un caso: desentrañar el misterio en torno a la identidad de su abuelo Marcos y su extraño asesinato.
El Hotel Voramar volverá a ejercer su influjo sobre esta pareja convirtiéndose en escenario de una historia de amor que recordará la anterior a la par que se desarrolla el curso detectivesco de la acción. Aquí González de la Cuesta nos depara una sorpresa al conectar con las cloacas del régimen de Franco y la protección que ejerció, desde el Ministerio del Interior, sobre los nazis refugiados en nuestro país.
Una novela de ambientación histórica que incentiva la curiosidad conforme avanza y, si bien la prosa es mejorable y la resolución del caso descansa en un exceso de intuición por parte del abogado detective, el lector queda atrapado por el relato que nos cuenta apoyado en abundante documentación sólida con la que teje una trama atractiva, en el tratamiento cosmopolita de la ciudad de Castellón y Benisasim, y en el encanto de los personajes protagonistas y algunos secundarios. Son los elementos que hacen recomendable el libro.
Se adjunta un listado de personajes ficticios y otro de personajes no ficticios esclarecedor sobre los famosos clientes del Hotel Voramar y las figuras políticas relevantes de la época.
María García-Lliberós



jueves, 20 de diciembre de 2018

"La calle estrecha", de Josep Pla.


Ediciones destino. 1ª edición libro electrónico, 2016 (1ª ed. 1952)

288 páginas.

Esta obra fue escrita entre 1949 y 1951 y publicada por primera vez en 1952. Soporta mal el paso del tiempo. Ello es debido a su estructura. Como reconoce el propio Josep Pla (Palafrugell 1897 – Llofriu 1981) se trata de una novela sin argumento que justifica porque “en la vida no se producen argumentos a no ser por una rarísima casualidad, por lo tanto las novelas con argumento más que reflejar la vida, arbitran una forma de artificialidad”. No puedo estar más en desacuerdo con este aserto.
La calle estrecha es un texto que respeta la realidad y recoge las observaciones minuciosas que el narrador, un joven veterinario soltero que acude a Torrelles como titular de la plaza municipal, efectúa sobre el pueblo y sus vecinos durante su primer año de residencia. Es, por tanto, descriptivo y costumbrista y sigue un orden, desde lo general a lo particular.
Comienza con la descripción del pueblo y su paisaje “una cosa que no falta jamás en nuestra tierra” que adquiere la categoría de protagonista principal. Pla es un observador capaz y buen analista social. Interesante y acertada la explicación sociológica de la división del pueblo en clases sociales: payeses ricos, payeses acomodados, payeses pobres y el pequeño comercio. Salvo los payeses pobres, las otras tres son conservadoras y habituales clientes del Ateneo recreativo. La instalación de fábricas de géneros de punto generó dos nuevas clases: la burguesía, con ideas nuevas, y la clase obrera.
Josep Pla
Luego su mirada penetra en el paisanaje y se inmiscuye en sus hogares. El protagonismo queda disuelto entre los múltiples personajes, como el relojero Masasaguer y los pequeños comerciantes de la calle Estrecha. Así, posa su mirada en la mercería, en una antigua bodega que prepara pajaritos fritos (excelente cómo transmite las sensaciones de una persona comiendo estos pajaritos), en la panadería, en la barbería y otros muchos negocios contando al lector detalles del mismo y de las personas que los regentan. Cada capítulo es como un sketch (pieza corta) sobre el comportamiento humano en la distancia corta. El relato se construye mediante esta sucesión de sketchs con poca o ninguna conexión entre ellos. Falta interacción entre los numerosos personajes que presenta, con la única excepción de la historia de Monserrateta, una parodia, con la que casi teje una trama, es decir, cose un breve argumento próximo al melodrama, creando un enigma, introduciendo diálogos sabrosos y haciendo uso de técnicas propias del teatro. Esta estructura de compartimentos estancos atenúa o elimina la tensión narrativa. El resultado es como una foto fija del municipio de Torrelles y de los habitantes de la calle Estrecha.
He dicho que el narrador es el veterinario pero, en realidad, hay otra voz narradora, la de Francisqueta, su chismosa cocinera que irá instruyendo a su joven señor respecto a los residentes en el pueblo. Es una voz indirecta que tiene la virtud de trasladarle su punto de vista y su lógica pueblerina donde pesa el sentido común para que el veterinario, a su vez, lo cuente a los lectores..
El elemento más poderoso y placentero de La calle Estrecha es la prosa sustentada en un lenguaje rico, culto, con sorprendentes y originalísimas metáforas –“una vieja higuera de una sólida redondez, como la grupa de una yegua”- e ironía fina que, de por sí, ya justifica su lectura. No en balde está considerado su autor como el mejor prosista en lengua catalana. Aunque, para mi gusto, hace un uso excesivo de adverbios terminados en ente. Pero una excelente prosa, como es el caso, no es suficiente para sostener una novela y por eso La calle Estrecha puede definirse mejor, sin quitarle méritos, como una crónica de la realidad (aún en el caso de que esta fuera imaginada). De hecho carece de desenlace, a no ser que se entienda como tal que “la vida sigue”.
María García-Lliberós




martes, 18 de diciembre de 2018

"Mejor la ausencia", de Edurne Portela


Galaxia Gutemberg, septiembre 2017 

(5ª edición octubre 2018)
235 páginas.


Mejor la ausencia es el primer libro que leo de Edurne Portela (Santurce 1974), y me ha gustado mucho. Es una novela bien construida, valiente, dura, sincera y, al mismo tiempo, tierna, tal vez porque la voz narradora inicial es la de una niña que nos habla desde su lógica infantil y no por ello menos clarividente.
El relato cronológico se ubica geográficamente en la margen izquierda industrial del Nervión, lo que emite un mensaje claro del escenario degradado en el que transcurre la historia, en un pueblo cerca de Bilbao, y se estructura en dos partes: la primera cubre el período 1979–1992, cuando la violencia etarra, ya en democracia, se encuentra en una fase álgida, al igual que el terrorismo de Estado (el de los GAL, aunque no se mencione así); la segunda se titula “el regreso” y acontece durante 2009. Durante la primera parte Amaia, la narradora pasa de los cinco a los dieciocho años y en la segunda, tras un período alejada del País Vasco regresará con treinta y cinco cumplidos convertida en periodista, con un fracaso matrimonial a cuestas y otro profesional, y con la decisión de convertirse en escritora.
Edurne Portela
Este es el escenario sociopolítico o el telón de fondo en el que se va a desarrollar la acción. Porque la novela pone el foco en una familia llena de conflictos y pretende mostrar cómo la violencia, tanto externa como la que se cuece en su interior, y la culpa formando parte del aire que respiran, marcan a los individuos y sus consecuencias. La familia la forma Amadeo, un abogado oscuro, un hombre que ha pasado de colaborar con un primo suyo gudari a ser señalado como un un chivato, un padre ausente con negocios turbios que tiene ataques incontrolados de violencia sobre su mujer. Una madre que, superada por los acontecimientos, se entrega a la bebida y al alcohol, y que, inexplicablemente para los hijos, nunca corta la comunicación con su esposo. Y cuatro hijos, Aníbal, Aitor, Kepa y Amaia que, cada uno a su manera, buscarán la manera de huir de aquel infierno.
Me ha gustado especialmente el trabajo que Edurne Portela hace con el lenguaje: el tiempo transcurre y la voz de Amaia de frases cortas, y con el tiempo cortantes, va madurando. A través de las mismas vamos percibiendo el proceso de crecimiento de Amaia como producto de su familia, su embrutecimiento, pues se convierte en una joven dura, orgullosa, cruel, sin capacidad para perdonar, una persona llena de rabia que, como el padre, desahogará con violencia. La escritura, en la segunda parte, surge como una forma de redención y de terapia, de buscar explicación a esa necesidad de su madre de mantener el vínculo con el padre. Un misterio lleno de materia novelable.
La historia que nos cuenta es realista y verosímil. Muestra la intromisión y el control ejercido por los vecinos. Cuenta con un abanico de personajes bien diseñados, tiene intensidad emocional y tensión narrativa, sabe crear una atmósfera y obliga al lector a imaginar y a darse respuestas porque en esta obra es importante lo que no se dice (¿cuáles son los negocios de Amadeo con Carlos?, ¿quién es Carlos, en definitiva?, ¿qué hacen en Argentina Amadeo, Carlos y El Gaucho?, entre otras preguntas).
La única conclusión es que el terrorismo cuando toca a alguien de una familia consigue destruirlos a todos. La autora, en unas manifestaciones expresaba la necesidad de conocer el grado y la forma de participar en el asunto del terrorismo etarra porque toda la sociedad vasca fue cómplice de alguna manera. Se debe excluir a las víctimas de este aserto.
Es evidente que esta novela nos trae a la memoria Patria, de Aramburu que tanto éxito comercial ha tenido y casi resulta inevitable la comparación entre ellas. (Publiqué una reseña de Patria en este blog en septiembre de 2017). Ambas son necesarias e importantes porque nos han permitido conocer aspectos ignorados de la convivencia durante varias décadas con una banda criminal que, al igual que un topo, iba horadando los pilares de la sociedad. Desde el punto de vista literario, encuentro Mejor la ausencia, de Edurne Portela, bastante más redonda.
María García-Lliberós







domingo, 16 de diciembre de 2018

"La función perdida" en Gandía, librería AMBRA

El jueves 13 de diciembre tuvo lugar en la librería AMBRA de Gandía la presentación de mi última  novela La función perdida.

La TV de LA SAFOR emitió la siguiente entrevista realizada por el periodista Daniel Ardid.

Asimismo, en ONDA CERO GANDÍA, también emitió otra entrevista realizada por Rafael Martínez.

La verdad es que, a pesar de que el acto estuvo muy publicitado, temí un fracaso pues sobre las 19 h comenzó a diluviar y por tierras valencianos la lluvia disuade a la gente de salir de casa. Sin embargo, no fue así. Un grupo de personas, no grande pero sí muy participativo, vino a escucharnos a Agustina Pérez, catedrática de Lengua y Literatura, quien estuvo magnífica, y a mí misma. Resultó una presentación entrañable y nos sentimos entre amigos, como en casa. Ayudaba el entorno. La librería Ambra de Gandía se merece una visita y María Bravo, la librera, gestiona con profesionalidad y cariño.
Unas fotos para el recuerdo.



Y aquí la estupenda intervención de Agustina Pérez, un lujo para un autor. Copiado del blog de Agustina Pérez.

Perder la función para encontrar la vida

17/12/2018

María García-Lliberós es, según confiesa ella misma, una autora tardía. Lo que no es igual que una escritora tardía. Sólo indica que tardó en decidirse a compartir con otros lo que escribía y publicarlo. Su interés por publicar viene del deseo generoso de compartir lo que ella siempre había gozado: el placer de la lectura.
Porque María es una observadora atenta y minuciosa de la realidad y una lectora voraz. Y la literatura es para ella, como para tantos otros, un modo de conocimiento. Escribiendo, se ordenan las ideas y el mundo nebuloso del pensamiento. Porque las palabras escritas o habladas son el pensamiento hecho carne. Y esa carne siente, palpita, duele. Y también cura y gratifica.
Es licenciada en Ciencias Económicas y en Políticas y Sociología por las universidades de Valencia y Madrid respectivamente. Empezó su andadura en la actividad pública como Directora General de Medios de Comunicación de la Generalitat Valenciana y desde ella impulsó Canal 9, que confiesa con amargura que nunca cumplió sus expectativas iniciales. También, directora del Centro Regional de TVE en Valencia, y delegada de RTVE en la Comunidad Valenciana. Y economista del Ayuntamiento de Valencia, hasta agosto de 2015.
Ha colaborado, como columnista, con diversos medios de comunicación escritos, como El País y el Diario Levante, y ejerce la crítica literaria en Posdata y en su blog Crónica de lecturas.
Se confiesa defraudada de la política y de los políticos a los que achaca falta de “calidad humana”. Y declara que sufrió mucho en la actividad pública. En algunas de sus columnas desgrana las sensaciones tóxicas que le producen arribistas y cucañistas de la política, como los llamaba Machado. Y les achaca la decepción de la gente, harta de sus engaños y estafas.
María empezó a escribir cuando dejó la política. Y, aunque dice que nunca utiliza los entresijos que conoció en su actividad, es verdad que tiene una visión privilegiada de los mismos, como espectadora que fue de ellos en primera persona. Y eso se refleja en su obra. Porque, como afirma, “la política es la mejor escuela sobre la condición humana”.
Se confiesa autodidacta y lo que sabe lo aprendió leyendo. La literatura es para ella un refugio mágico donde disfruta. Porque es una autora feliz cuando escribe. Nunca se siente angustiada ante la pantalla en blanco. Una suerte inmensa.
Es una escritora meticulosa y ordenada que aprovecha cada nota, cada observación para introducirla en sus tramas.
La escritura es su manera de comunicarse con los lectores que, como ella, buscan en los libros conocimiento y refugio. Y también, por qué no, entretenimiento.
Conocimiento, porque María escribe sobre la memoria vivida. Memoria que comparte con los lectores que habitan su mismo espacio, la Comunidad Valenciana y Valencia en particular.
Y aborda esa memoria desde el interior de sus personajes. No en vano es admiradora de Proust y de Henry James. Los conflictos internos, la psicología de sus personajes la atraen más que los externos, que aparecen como telón de fondo de vidas particulares, arrastradas muchas veces y a su pesar por los acontecimientos históricos.
Y en esas vidas reconocemos las nuestras porque los problemas son comunes. La soledad, la codicia, la traición, los miedos, las inseguridades. Y también la amistad, el amor, las relaciones personales. “La literatura sirve para que la gente conozca su propia historia” afirma.
Y es que, viviendo las vidas de otros nos evadimos de nuestros problemas, aprendemos a vivir de otro modo, nos entendemos y salimos de nuestro ensimismamiento. Y me permito añadir, parafraseando la cuña publicitaria de esta entrañable librería Ambra, que es posible vivir muchas vidas leyendo.  Eso enseña a no cometer tantos errores en la propia. Es como un magnífico ensayo general que nos permite aprender a evitarlos.
Refugio, porque sus libros están llenas de intriga psicológica, de líneas narrativas que se entrecruzan y que atrapan al lector y de tramas detectivescas que quizá aprendió en otra de sus maestras, Patricia Highsmith. Sus temas recurrentes son las relaciones familiares y de pareja en entornos urbanos de clase media, cercanos a ella y a sus lectores. Rupturas, reconciliaciones, dramas domésticos se mezclan con prejuicios de clase, y tampoco faltan conatos de rebeldía.
Comenzó su andadura literaria en un año olímpico de fastos y euforia, 1992. Su novela corta La encuestadora, recibió el Premio Gabriel Sijé. Y en ella están ya dos de los rasgos recurrentes de su novelística: las mujeres y la introspección.
El juego de los espejos, de 1996, une la trama detectivesca casi de novela negra con la crítica despiadada de arribistas del poder el éxito y el dinero, que tan bien conocemos en estas tierras.
En 1999 recibe el Premio de la Crítica por Equívocos que sería llevada al cine en 2004 con el título Mentiras. Y en ella el protagonista, un hombre en este caso, escribe para conocerse.
Con Como ángeles en un burdel consigue en 2002 el premio Ateneo de Sevilla del que había quedado finalista con Equívocos. Es una novela de aprendizaje, un cuaderno autobiográfico de la educación sentimental de la protagonista desde su infancia en el tardofranquismo hasta el presente narrativo en el año 2001, ambientada en Valencia. Es la historia de tantas traiciones a los ideales de nuestros mayores. Una especie de ajuste de cuentas. La protagonista vuelve a ser femenina y el diario, un método de conocimiento.
María García-Lliberós llega a su madurez creativa en 2006 con Babas de caracol, cuyo título recoge una frase de  Francis Bacon alusiva al deseo de persistir más allá de nuestra existencia. En ella, a través de una mujer inspirada en un personaje real de la burguesía valenciana que muere abandonada por su familia, recorre la historia del siglo XX español. Hay un escritor interpuesto que narra su historia, pero vuelve a ser la escritura la que ordena el mundo y lo perpetúa más allá de la muerte de la protagonista. El amor y la capacidad de perdonar dan una luz nueva a la trama porque son los únicos sentimientos que pueden redimirnos.
Vienen después, Lucía o la fragilidad de las fuertes en 2011 y Diario de una sombra en 2015. En la última, narra la evolución de la sociedad en las últimas cuatro décadas, marcada en estas tierras por la corrupción, las traiciones y los miedos, pero también por nuevas relaciones paterno-filiales. Y se introducen temas nuevos como el paso del tiempo, la muerte, la enfermedad y las traiciones. Pero paliados todos con una ironía y sentido del humor curativos que permiten aceptarlos con inteligencia y una sonrisa.
El libro que hoy presentamos, La función perdida, es su octava novela. Se publica en 2017 y ya va por la tercera edición.
En ella, la autora recoge muchas de las líneas citadas antes e introduce algunas nuevas.
Como en las anteriores, el protagonista recurre a la introspección, decide escribir lo que piensa para intentar conocerse. El libro es la historia de un pasado que desemboca en un presente y que corre paralelo a un friso histórico que lo mediatiza y enmarca.
Las intrigas detectivescas enganchan al  lector y le dan toques de humor casi negro al drama de los personajes. Profundiza en el tema de la muerte, la enfermedad y el paso del tiempo. Y sigue tratando las relaciones paternofiliales que amplía a las de abuelos y nietos.
Siguen ahí, como protagonistas de excepción, las críticas descarnadas a los arribistas corruptos, al poder del dinero y a la amoralidad de los poderosos. Y ahora los términos nos resultan cruelmente familiares: escándalos de vertederos, pelotazos urbanísticos, trapicheos judiciales, falsificación de documentos, chantajes personales. Todo ello trufado con traiciones matrimoniales, intelectuales de pacotilla, funcionarios corruptos, bajas fraudulentas y una sociedad entera en descomposición.
Pero hay dos líneas temáticas esenciales que desarrolla en ella: la jubilación y la amistad. La primera es la causa fundamental de la desesperación del protagonista, y la segunda será su redención y el detonante de su cambio.
El protagonista de La función perdida es un hombre, lo que no ocurría desde Equívocos y supone aceptar un nuevo reto: meterse en una mente masculina.
El libro es una larga reflexión que el altivo y cínico funcionario Emilio Ferrer se impone para entenderse a sí mismo. Un largo flash-back que nos descubre y le descubre a él mismo las claves de su pasado y el profundo cambio tras su jubilación.
El primer capítulo es un embrión de lo que será la historia. Estamos en el presente de Emilio. Cinco años después de su jubilación. Es su cumpleaños y se siente reconciliado con el mundo.
A partir de ahí, en más de trescientas páginas  nos cuenta su historia. Como corresponde a una reflexión introspectiva, los párrafos son lentos, cadenciosos. El lenguaje se acerca a lo hablado para dar verosimilitud a la corriente de pensamiento, y no se evitan expresiones descarnadas a veces.
A medida que avanza la historia, el estilo se hace más ligero. Se mezclan sabiamente diálogos con descripciones narrativas, que dan un ritmo ágil a la prosa y que nos presentan a los personajes. A los que describe detallada y minuciosamente.
Abundan los diálogos con función narrativa y las reflexiones, interrumpidas por exclamaciones irónicas e incluso agresivas, que aportan un toque de coloquialismo y de humor.
No faltan las digresiones sobre temas filosóficos como el mal, la existencia de Dios o la eutanasia que bullen en el cerebro del protagonista e interfieren en el decurso de su historia.
“Contar historias nos distingue del resto de seres vivos” decía Ana, la esposa de Emilio. Ahora él se cuenta la suya para entenderse. Y echa de menos la pericia de ella, la lectora experta que había aprendido en los libros a diseccionar sentimientos.
Aun así, el protagonista lo hace. Con frases cortas y tajantes, acordes con su rabia y desconcierto inicial. Y nos invita a compañarlo en su aventura vital. El viaje desde el precipicio del día siguiente a su jubilación, el maldito lunes sin nada qué hacer ni nadie a quién ver, la decadencia, el punto final, la antesala de la muerte- una cascada de términos negativos que reflejan desconcierto y que aplastan al protagonista- hasta el hombre nuevo, reconciliado consigo mismo y con el mundo, y que decide escribir para  contárnoslo.
Emilio Ferrer es el prototipo de macho poderoso y triunfador. Alto funcionario sin sentimientos que se refugia en el trabajo, su adicción, para llenar su vida, vacía de empatía y de humanidad. Un canalla con clase y mucho poder, que inspira temor y al que nadie quiere. Bon vivant, amante del lujo y del coche oficial, más preocupado por su reputación que por su familia. Rencoroso y vengativo, cobarde y muy proclive a castigar en otros sus propias carencias, como hace con el abogado Simó. Un elitista sin humanidad en una burbuja de poder.
Ingrato con sus amigos de verdad, como Guillermo, envidioso e incluso mezquino con el dinero.
Machista empedernido, furioso con el feminismo al que achaca sus males, con una mirada hacia las mujeres que las convierte en meros objetos y que le impide ver a las personas que hay detrás. Los sentimientos le parecen debilidades y el amor, mero romanticismo. Incluso se confiesa rasgos de viejo verde que lo asustan.
Sólo falta en el paquete la xenofobia, pero la autora le concede la virtud de carecer de ella. Aunque más que comprensión por su asistenta parece sentir compasión. Más caridad que justicia. Y prueba de ello es su distancia de clase con Sara.
Vamos poco a a poco descubriendo sus defectos y sus causas, analizadas por él mismo sin complejos y, aunque parece difícil empatizar con un individuo de su categoría, precisamente por ese resquicio de honestidad que le queda al reconocer sus errores, empezamos a entenderlo.
Creo que hay dos factores que lo redimen y que provocan la decisiva fisura en su burbuja de arrogancia. Que lo hacen humano y cercano. Y son la amistad y el amor.
Amistad generosa, que él desprecia como perruna, de Guillermo. Amigo de infancia, sensible, templado, ingenuo y desgraciado a partes iguales, Empático y conciliador, con los pies en el suelo y siempre dispuesto a perdonar sus desprecios. Pero con poca iniciativa y siempre inseguro, frente a la prepotencia del protagonista. Dispuesto a seguirlo hasta en lo peor: planear un crimen.
La autora suele referirse a ellos como una pareja quijotesca. Y es verdad que ambos se contagian uno del otro, como Don Quijote y Sancho y terminan intercambiando los papeles. No se oponen, se complementan.
Guillermo pone a Emilio Ferrer ante el espejo de su falta de empatía, de su incapacidad de expresar sentimientos, de su cobardía para reconocer los afectos y de su individualismo egoísta. En el momento en el que Emilio empieza a sentir envidia por Guillermo y no lástima, está curado. Como él mismo se confiesa: “Se acabó ir de duro”.
El amor estaba a su lado y no lo veía. Se lo impedía su arrogancia. A su mujer la echa de menos tras su muerte, cuando la ignoró en vida y aceptó sus aventuras, acumulando rencor y cerrando los ojos para no manchar su propia reputación. Su encanallamiento, al aceptar en silencio las infidelidades de Ana, deriva de su miedo y de su cobardía para enfrentarse a sus causas.
Ana, lectora perspicaz, mujer hecha a sí misma, sensible, tenaz, se nos presenta a través de sus lecturas y las anotaciones que hace en su fichero. Una especie de diario literario. Su sombra planea sobre el protagonista más allá de su muerte y late en muchas de sus reflexiones, las de sus hijos y hasta en su nieta que parece será la heredera de su legado literario.
Los hijos del protagonista son dos extraños a los que conoce ahora. Completan el rompecabezas de su pasado y le enseñan su falta de atención para con ellos. Y es muy interesante comprobar la perspectiva que aportan a la visión de su madre muerta y a la figura del padre ausente desde sus reproches y también desde sus silencios.
Sólo su nieta recibe el afecto que a ellos les negó. Como si quisiera redimir su pasado, vuelca en ella su función de padre, la aconseja, la mima, la cuida e incluso se convierte en su caballero andante para salvarla de un problema grave.
Pero será el amor incondicional de su antigua secretaria quien logre romper la coraza antisentimental de Emilio y abrirlo al mundo real mediante la lectura y las aficiones compartidas. Gracias sobre todo a la generosidad de ella al no pedir nada a cambio. Generosidad que contrasta con la ingratitud del protagonista.
Alguien debería escribir un ensayo sobre la ingratitud de los hombres en general hacia las mujeres. Y ponerme de ejemplo.
, se dice Emilio.
Mezclados con estas líneas esenciales, aparecen en la novela subtemas complementarios como la gastronomía –incluidas suculentas recetas-, las redes sociales y sus peligros y utilidades, traiciones matrimoniales, aventuras masculinas en busca de la juventud perdida y hasta proyectos de crímenes perfectos. Creo ver resonancias cinematográficas de La ventana indiscreta, Crimen perfecto, o La tentación vive arriba. Así como de las novelas de Patricia Higsmith en la novela que presentamos.
Y tampoco faltan las redes clientelares, el ciberacoso escolar, la policía franquista o la crisis económica.
El friso social parece correr paralelo a los sentimientos del protagonista. Su hundimiento tras la jubilación coincide con la crisis económica, y su renacer con la aparente recuperación. En el camino, las contradicciones de Emilio Ferrer se entrecruzan con las de una sociedad que las propicia. Porque para que haya políticos corruptos es necesario que haya empresarios corruptores, funcionarios cómplices y una ciudadanía que tolere la corrupción e incluso la premie, como bien sabemos en estas tierras. Y para que haya seres inhumanos, omnipotentes y cínicos adictos al poder, es necesario un sistema que ponga el dinero por encima de las personas.
El libro está dividido en 20 capítulos con título. Casi la mitad llevan nombre femenino. Lo que demuestra que la presencia de las mujeres es fundamental en la obra de esta autora porque precisamente de ellas vendrá la redención. A la amistad dedica casi el mismo espacio, seis capítulos, lo que confirma lo expuesto anteriormente. No faltan tampoco títulos humorísticos, cinematográficos, canciones o sentencias como Un par de pillos, La tentación vive al lado, Amigos para siempre, o Nunca es tarde.
A través de ellos acompañamos a Emilio Ferrer en el cambio radical -marcado en su definición de Facebook- desde el cascarrabias paciente hasta el joven de 74 tacos en el que se transforma años después.
María García Lliberós acaba su novela cerrando el círculo que inició el antipático y arrogante Emilio recién jubilado con el Emilio nuevo y humano que se acepta a sí mismo como persona, que se ha abierto a los demás y que ha encontrado la paz en la vida sana y los sentimientos sencillos.
“La vida tiene momentos bellos”, nos dice. Y eso es la felicidad, me permito añadir. Aprovechar los pequeños momentos. Porque la felicidad en abstracto no existe. Y cada cual se construye la suya, que es propia e intransferible. Y para construirla es imprescindible ser generoso, dejar de pensar en uno mismo y abrir los ojos a lo que nos rodea.
Porque podemos desperdiciar el tiempo y la vida con adicciones tóxicas como el trabajo o el poder. Y cuando el trabajo nos impide vivir y tener afectos, no nos dignifica sino que nos encanalla y nos hace peores personas.
Para Emilio el detonante fue la jubilación. Quizá porque dejar el refugio del trabajo le permitió encontrarse, reflexionar, tener dudas y salir de su cárcel dorada.
Siempre he pensado que para aquellos que tienen una vida plena la jubilación es una oportunidad excelente para iniciar o continuar lo que el trabajo les impedía. Y considero que quienes ven en ella un final han errado en sus prioridades y, quizá por cobardía, se han refugiado en un trabajo que no sólo no los dignificaba sino que les impedía vivir plenamente. La jubilación es el fin del trabajo reglado, no el fin de la vida, sino el comienzo de otra.
Discrepo de Emilio Ferre cuando afirma que “la vejez es fea, pero se puede maquillar”. Esa afirmación sólo se entiende desde la óptica actual que considera la juventud el cánon de belleza. Que adora lo joven hasta el punto de considerarlo un valor en sí mismo, olvidando que la experiencia se adquiere con los años y que en sociedades clásicas los ancianos los depositarios de la sabiduría. Justo lo contrario que en los tiempos que vivimos. Vejez es una palabra tabú que se sortea con eufemismos como tercera edad, que me parece horrible, o personas mayores que la evita difuminando sus límites.
La vejez es otra etapa de la vida, más serena, más sabia, más lenta y provechosa que no necesita maquillaje para embellecerse, ni aparentar juventud para ser fructífera. Es imposible parar el paso del tiempo, y negarlo sólo crea frustración. No es un final, sino una oportunidad.
Se trata solamente de aceptar con sabiduría y dignidad el paso del tiempo. Pero para eso es necesario haber construido una red de afectos que nos envuelva. Y esa red le faltaba a Emilio porque sólo se quería a sí mismo y no parecía necesitar de nadie.
Es necesaria una vida interior que no pare, y una actividad constante más allá del trabajo que impida considerarse acabado. Imposible conseguirlo si la persona, como le ocurría a nuestro protagonista, vive para trabajar y no trabaja para vivir.
Y sobre todo, sobre todo, se necesita ser honesto consigo mismo, como muy bien aprendió el Emilio de La función perdida. Diferenciar el miedo que sentían por él, subordinados y políticos, de lo que él creía que era respeto. No confundir sentimientos con debilidades. Y asumir que siempre necesitamos de los demás para seguir adelante. Que nadie es más que nadie, como afirmaba el maestro Antonio Machado.
La función perdida es una llamada a estas reflexiones y una muestra de que el cambio personal es posible. Y María García-Lliberós lo hace deleitando. Porque la novela atrapa al lector y lo lleva de la mano por la vida de su protagonista y de los que lo rodean mientras observamos sus dudas, temores, miserias y virtudes. Y entendemos que todo ello también forma parte del mundo que nos rodea. Porque es nuestro mundo y porque trata temas que conocemos y nos afectan a todos.
Emilio Ferrer perdió su función, pero tuvo la suerte de encontrar su vida. La verdadera, no la falsa que lo atrapó durante años.
Quizá marque el camino para que los lectores de su reflexión aprendan de sus errores, viviendo mejor sus vidas.
Porque, como dice el poeta Roberto Juarroz:
La vida nos acorta la vista
pero nos alarga la mirada.

Este texto fue leído en la presentación de La función perdida en la librería Ambra de Gandia  el jueves, 13 de diciembre de 2018.
Agustina Pérez 

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