miércoles, 9 de enero de 2013

"Nada se opone a la noche", de Delphine de Vigan

Ed. Anagrama, 2012. 376 páginas. 19,90 €
Edición en formato digital: julio de 2012 . 14,24 €.

     Delphine de Vigan es una escritora valiente al decidirse a hurgar en la vida de su madre, Lucile, y de su familia para componer este libro, teniendo en cuenta que viven, además de su hermana, tíos, primos, ex marido, ex amantes, etc., un puñado de personas a los que la lectura no les va a dejar indiferentes. Lo hace con su nombre y apellidos y sin camuflar a ningún personaje. Consigue ofrecernos una versión de la personalidad y vida de su madre y su entorno, de apariencia sincera. No elude sacar los trapos sucios. Es, precisamente, lo que conmueve al lector, al reconocer esos retazos de realidad auténtica.
     El libro se estructura en tres partes. La primera está dedicada a la familia compuesta por Liane y Georges y sus numerosos hijos. Lucile es la segunda hija, la más guapa -de niña fue protagonista de anuncios publicitarios, una cuestión que dejó su huella en el alma-, una familia de enorme dinamismo, alegre, participativa y que, sin embargo, escondía terribles dramas y una tendencia al suicidio casi generalizada. Lucile fue víctima de su padre, fascinante y destructor, que abusó sexualmente de ella e introdujo el germen de su posterior desequilibrio emocional. Fue una niña temerosa, catastrofista, bella, que atraía a la gente, callada, misteriosa. La autora se propone identificar el origen del sufrimiento de su madre.
     Un hecho con consecuencias fue la muerte accidental de Antonin, un hermano pequeño, y la adopción, casi inmediata, de Jean Marc, lo que le indujo pensar que la muerte aparece de improviso y que "éramos intercambiables" en las relaciones afectivas. Tenía sólo 8 años y una buena capacidad reflexiva.
     La segunda parte está dedicada a Lucile adulta, una mujer excesiva en todo. Relata su boda, embarazada de la autora, su enfermedad mental y la relación con sus hijas, Delphine y Manon. Oculta el divorcio de su marido, como si este tema estuviera vetado, tan sólo sugiere, en alguna frase, que ejercía algún tipo de violencia. Transmite al lector el horror de vivir con una madre loca que supone una amenaza física, a la que se ama y a la que se teme, una madre de la que te avergüenzas y, a su vez, este hecho te produce remordimientos. Imágenes de enorme dolor, violentas, acompañadas de la documentación necesaria de carácter siquiátrica.
     La tercera parte nos muestra una Lucile recuperada, siempre que no abandone el tratamiento, capaz de volver a trabajar y mantener una vida "normal", aunque sin abandonar el gusto por destruirse (fumar y beber). Morirá Georges, su padre, ocasión que aprovechó para obtener un carrete entero de fotos de su cadáver, desde todos los ángulos, algo macabro, incluso vengativo e insano. Por lo menos, da que pensar. Le detectan un cáncer de pulmón y pondrá fin a su vida "estando aún viva". Al fin y al cabo pertenecía a una familia en la que el suicidio se había convertido en una costumbre.
     No estamos ante una novela al uso, sino ante un relato sobre una familia concreta en la que la autora está implicada. Es cierto que, para escribirlo ha efectuado entrevistas a los hermanos de Lucile (tíos de Delphine), se ha apoyado en la versión de su hermana Manon, visionó cantidad de películas sobre la vida familiar en la casa de campo, escuchó las grabaciones de Georges sobre la historia familiar, leyó cartas, diarios, etc. para definir una imagen objetiva de su madre. Pero, por encima de ello, se encuentra la percepción de Delphine, su hija mayor, derivada de su experiencia y el hecho de que le amargó la adolescencia, hasta el punto de que su objetivo, con catorce años, era no parecerse en nada a su madre.
    En este trozo de vida novelado (es lo que es el libro) se abordan temas interesantes: la relación entre padres e hijos y entre padre e hija, entre los esposos, el incesto; la violencia doméstica escondida en un ambiente festivo; la demencia, el afán auto desctructivo, la inseguridad en uno mismo; el amor y el odio en el entorno familiar; el suicidio. Lucile fue un producto del mundo familiar, nada convencional, creado por Georges y Liane.
     El relato se sostiene en la profundidad con que aborda la definición de los personajes.  A destacar Liane, la abuela al servicio de su esposo, leal aunque el precio sea no ver lo que pasa a su alrededor, amorosa con los nietos y Georges, el abuelo estrafalario y seductor, con tendencia al incesto bajo el ropaje del naturismo, egoísta y dominante, y generoso con su hijo Tom con síndrome de Dawn; Lucile, la protagonista, con una amplia paleta de claroscuros que la hacen creíble; Manon y la autora misma.
     La historia, aunque estructurada en esas parte definidas más arriba, va y viene en un proceso de cierto desorden que no molesta. Se balancea del pasado al pasado más próximo y se intercalan reflexiones de la autora sobre el proceso de escritura del texto, lo que pretendía fabular, lo que le va sucediendo conforme avanza -una necesidad de aferrarse a la verdad o de descubrirla-, su temor a falsear los hechos, las dificulatdes de escribir sobre un tema que te afecta intimamente. El libro es, también, una forma de expiar cierta culpa.  Recomendable.
María García-Lliberós 

1 comentario:

  1. Este libro me ha dejado un sabor agridulce, y pesar de la buena acogida de la crítica y de los lectores, a mí no me ha acabado de gustar.

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