viernes, 12 de noviembre de 2021

"Más allá de la tristeza", de María García-Lliberós.

 Reproduzco aquí el texto de presentación de mi novela por parte del periodista y escritor Jaime Millás, una de las personas que ha dedicado más tiempo a analizar mi obra en su globalidad y con cuyos juicios me he sentido más identificada. Su presentación fue una amplia reseña de la novela llena de observaciones y detalles significativos que, sin duda, enriquecen su lectura.


PRESENTACIÓN “MÁS ALLÁ DE LA TRISTEZA”, DE MARIA GARCIA-LLIBEROS

Jueves 11 noviembre 2021, Ayuntamiento de Alfafar

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La última novela de María García-Lliberós es mucho más que un extenso relato sobre las vicisitudes que genera una adopción internacional en el seno de una familia valenciana, que opta por esta vía después de constatar la esterilidad de la pareja.

La narradora al situar este tema como eje conductor de la obra puede facilitar esta interpretación restrictiva. Pero si se lee el libro a fondo, dedicándole toda la atención que requiere, vemos que el desarrollo literario va mucho más allá de tratar en solitario este tema de actualidad en nuestra sociedad. María construye en 263 páginas una ambiciosa trama donde encontramos datos, experiencias, reflexiones y opiniones sobre los diferentes núcleos de convivencia que están sustituyendo a la familia convencional en el mundo contemporáneo, sobre los mitos que acompañan el desarrollo de la función maternal y paternal; leemos los problemas de conciencia que generan la aplicación de alternativas científicas y sociales actuales para resolver la falta de hijos en una familia o en una pareja; descubrimos la complejidad social y psicológica de los procedimientos de adopción más allá de la aparente alegría que produce iniciar el proceso; asistimos al grave problema escolar que genera la marginación del niño diferente, de una etnia distinta; también constatamos en la novela las dificultades y los avances de la sociedad española para superar el clasismo y la desigualdad social.

Leer Más allá de la tristeza nos ayuda a descubrir el escenario social de la vida española del siglo XXI representado por personajes procedentes de diferentes generaciones y nacidos dentro y fuera del país, adscritos a diversas clases sociales y situaciones económicas y profesionales. En ese escenario narrativo vamos conociendo problemas vinculados con los principios morales de ejercer el bien y el mal, las oportunidades profesionales, las relaciones sentimentales, las redes familiares de protección y desarrollo del ser humano, la complejidad de las relaciones amorosas, y, de manera especial, conocemos la segunda oportunidad que la vida suele ofrecer a todo ser humano para redimirse después de caer en lo más profundo de su desgracia. 

La escritora describe una sociedad con personajes muy cercanos, casi reconocibles, de carne y hueso, que al mismo tiempo son héroes y villanos, son víctimas de su negatividad y su ignorancia a la vez que portadores de nueva luz, alegría y amor. La narradora es maestra en ofrecer nuevas esperanzas a personajes que antes han sido descritos como seres conflictivos.

Después de haber leído con enorme placer este libro, y tomando en consideración la trayectoria temática que María ha seguido a lo largo de su producción literaria, creo que esta última obra representa a la perfección a una escritora con vocación social, y en cierto modo política, que alcanza cotas muy altas cuando sus personajes hacen introspección psicológica. La dualidad establecida entre comportamientos sociales y conductas psicológicas nos permite imaginar y visualizar en esta novela la complejidad psíquica del ser humano y la dificultad para interpretar las conductas ambiguas, que a veces concurren en nuestra convivencia.

En la vida real no todo es lo que parece. Para eso, para iluminar nuestra dudas, está la literatura, está la ficción artística. La literatura nos permite representar con distancia lo que en realidad sucede cuando estamos solos, encerrados en nuestros pensamientos, lo que sucede cuando convivimos y nos relacionamos unos con otros a través del amor o del desamor.

Me parece de gran  efectividad narrativa la opción de narradores múltiples que María ha asumido en esta ocasión, después de más de dos décadas de ausencia de esta alternativa en su novelística. En 1999, en la novela Equívocos, el relato lo cuentan varios testigos de las razones que provocaron la muerte de Joaquin, un juez de éxito. La creadora literaria ha elegido dos sujetos narrativos, que escriben y describen su vida, como si se tratara de construir un diario para explicar al lector lo que ha pasado y lo que está pasando en el presente. La novela está escrita en su mayor parte por el hijo adoptivo Diego y por el padre Bernardo, a la edad respectivamente de 30 y 76 años.

Hay un tercer sujeto narrativo, mudo, inmerso en sus pensamientos, consciente de que le quedan días para morir. Este yo narrativo, que conocemos en tercera persona, es observado de manera omnisciente por la escritora y por los lectores. Me refiero a la madre adoptiva Alicia, que a los 68 años se expresa desde una conciencia interna que está preparando su adiós definitivo al mundo a causa de un cáncer.

También María nos ofrece otro sujeto narrativo mucho más breve, la novia Candela, futura  esposa del joven adoptado y natural del país donde nació Diego. Cuando este quiere dar el paso para asentar su vida, y ser un hombre hecho y derecho, opta por arraigarse de nuevo con su cultura peruana y con su pueblo de origen indígena pues nunca llegó a sentirse español. Toda la generosidad con que sus padres españoles construyeron su vida de adolescente no sirvió de nada. Diego opta a ser una persona afectivamente autónoma en la vida volviendo a su país de nacimiento.  Este es uno de los aspectos del argumento narrativo que más me ha interesado, porque soy de los que a menudo piensa que la adopción, en numerosos casos, es sinónimo de desarraigo y pérdida de identidad cultural. 

Entre los cuatro sujetos narrativos que acabo de identificar destacan las voces masculinas del padre y el hijo adoptivos. Hablan en primera persona, con la fuerza y la determinación que ya empleó María tiempo atrás en la voz narrativa del ingeniero Emilio Ferrer, el personaje central de su anterior novela La función perdida, texto en el que cuenta las peripecias del protagonista para encontrar un espacio personal en su nueva vida de jubilado después de haber sido un poderoso funcionario municipal.

En esta polifonía, la voz femenina de Alicia es en realidad el testimonio de una persona que desea morir en paz después de recibir el perdón y el cariño de su hijo adoptivo. Ya no tiene fuerza para actuar sobre el presente o para condicionar el futuro con sus opiniones.

María García-Lliberós pone muy rápido sobre la mesa del lector las principales cartas que va a jugar en el relato. Habla de dos episodios singulares que hicieron insostenible el conflicto del joven Diego con sus padres adoptivos y con la sociedad que pretendía integrarlo: a uno lo llama el incidente, una situación muy triste que se produce entre hijo y madre. Este hecho en cierto modo mantiene relación con el otro episodio, una reiterada situación de acoso escolar que Diego vive en su colegio sin que nadie investigue los hechos y detecte la angustia permanente del niño. Desde las primeras páginas se señala el giro que estas dos situaciones van a producir en la trama. Pero la autora, que sabe administrar perfectamente la intensidad de las intrigas, alarga durante páginas y páginas el deseo de querer saber el desenlace de estos dos aldabonazos, y los describe cuando la acción ya está bastante avanzada y el lector maneja numerosas informaciones y escenarios en su imaginación.

Creo no equivocarme si afirmo que en el conjunto de la producción literaria de la escritora esta última novela  representa un cambio estilístico importante, aunque el tipo de estructura narrativa ya lo hubiera aplicado a un título anterior. En general el arranque de las tramas que había elegido anteriormente estaba centrado en un personaje, hombre o mujer, que anuncia una determinación y luego va explicando por qué ha llegado a ese punto vital y cómo está gestionando el presente. Por ejemplo, en la primera novela que María publicó en 2015 en Sargantana, Diario de una sombra, el financiero Gabriel Pradera se nos presenta como un profesional de éxito que, sin embargo, está preparando quitarse la vida porque no soporta el conflicto moral y la angustia que arrastra por unos hechos que se produjeron en su juventud. Pues bien, la polifonía que en esta ocasión ha elegido para sus protagonistas es un gran acierto de creación literaria e incrementa mucho el interés por leer el libro.

Por la trayectoria profesional que desarrolló como economista y licenciada en ciencias políticas en la administración municipal y por la militancia política que ejerció en los años 80 en los medios de comunicación valencianos de carácter público, es lógico que la producción literaria de María sea lúcida al ofrecernos mosaicos culturales, políticos y profesionales de la sociedad en la que crecimos y vivimos. Su manera de trabajar el realismo literario es inteligente y de gran eficacia narrativa. Pero yo pondría tanto o más el acento como lector en su capacidad para mostrar con palabras la introspección y la reflexión anímica de sus personajes. El psicologismo de los protagonistas nos ayuda a conocer sus dudas, sus ambiciones, sus deseos, su amor y su desamor, sus angustias, sus fracasos, su capacidad de humor y tristeza, todo ello en el contexto de una sociedad que se encuentra en permanente cambio y que obliga a cambiar mentalidades y comportamientos.

En la novela la emotividad positiva y la negatividad están a flor de piel, los deseos del ser humano de amar y proteger a otra persona también, conocemos la necesidad de tener referentes adultos para crecer en la vida, de ejercer la capacidad de perdón y de generosidad de las personas. Más allá de la tristeza que produce a la pareja protagonista la sensación de haber fracasado en una adopción pese a haber puesto la mejor voluntad y haber destinado todos los medios materiales para que saliera bien, más allá del fracaso de una propuesta paterno filial que quería ser el proyecto central y determinante de la convivencia de una pareja, la escritora María García-Lliberós en esta novela nos sitúa ante un mundo de emociones y buenos deseos, que permite continuar satisfactoriamente la vida después de haber ejercido el perdón.

El reencuentro de Diego y su madre genera unas páginas muy bellas y sentidas, escritas desde el corazón y la emotividad, auténtico reflejo de lo que acabo de señalar. La misma sensación de bienestar produce al lector el nuevo proyecto de vida compartida que se vislumbra van a emprender padre e hijo, aunque sea a miles de kilómetros de distancia. Bernardo escribe en una de sus páginas: “Me queda poco tiempo para volver a amar a mi hijo”.

 

Jaime Millás

jueves, 28 de octubre de 2021

La guerra no tiene nombre de mujer.

Svetlana Alexiévich (Premio Nobel de Literatura 2015)                                  
Penguin Random House Grupo Editorial (Debate), 2015 (4ª edición, 2021)
Traducción: Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González.
365 páginas.

          En los últimos años se han otorgado Premios Nobeles de Literatura a autores que me son desconocidos por completo. Tal es el caso de Svetlana Alexiévich (Bielorrusa, 1948), periodista además de escritora. De hecho, La guerra no tiene nombre de mujer podría incluirse en el género de reportaje, si es necesario clasificarlo de alguna forma. Desde luego, no es una novela y tampoco un ensayo. Es un libro diferente. Nos habla de la Segunda Guerra Mundial, de la participación de las mujeres rusas en la guerra, no solo como sanitarias sino ejerciendo oficios muy masculinos: francotiradoras, tanquistas, zapadoras, en primera línea de batalla. Se calcula que un millón de mujeres rusas, muy jóvenes, entre 17 y 20 años, se alistaron en el Ejército Rojo para ir a la guerra y defender a su amada patria de la invasión alemana de Hitler.

          La estructura es sencilla: entrevistas, más de tres décadas después, a decenas mujeres que sobrevivieron a aquel horror dispuestas a recordar y a contarlo ante una grabadora. La labor de Alexiévich se resume en dar voz a esas mujeres todavía traumatizadas por aquella experiencia, transcribir sus historias y ordenarlas. Para algunas suponía vencer una obligación de olvidar impuesta para superar el dolor, para otras una terapia necesaria. En cualquier caso, este libro nos muestra la guerra contada desde la perspectiva de la mujeres que participaron en ella matando, al igual que los hombres. "Matar da miedo", dice alguna de ellas. Que te maten también, por supuesto. Esta perspectiva relata los acontecimientos bélicos desde el interior de cada una. Desnudan su alma, nos muestran los sentimientos, se alejan de las hazañas en combate, de estrategias y heroicidades tan propias del relato masculino, para enseñar las consecuencias del horror en nuestro interior. Y esto es lo que me ha parecido más valioso.

          Durante la primera parte he echado de menos el trabajo creativo de Alexiévich, incluso me parecía que el discurso caía en cierta reiteración, a pesar de algunos testimonios estremecedores. La segunda mitad del texto cobra altura e intensidad. Plantea temas importantes y desconocidos. No solo el trato de los soldados en el frente con ellas, respetuoso y protector en combate, admirativo incluso, tierno por parte de los heridos, y agresivo en ocasiones por parte de hombres hambrientos de carne femenina. La violación también estaba presente. Pero quizás, lo que más me ha llamado la atención es la recepción que estas mujeres tenían cuando, declarada la Victoria, una victoria a la que habían contribuido arriesgando sus vidas, incluso condecoradas, regresaban a sus pueblos y familias. Los prejuicios instalados en la sociedad les hacía percibir el desprecio, como si en vez de ir a la guerra como soldados hubieran ido como putas. El dolor que esa reacción producía podía ser más intenso que la muerte a la que se habían acostumbrado en el campo de batalla. A sus compañeros soldados se les recibía como héroes.

         Una lectura interesante y recomendable.

         María García-Lliberós 

 

lunes, 23 de agosto de 2021

"Effi Briest", de Theodor Fontane

                             
                                                          
Traducido del alemán por: Pablo Sorózabal Serrano.
Alianza Editorial, 2011, 3ª edición. (1ª edición en 1984).
383 páginas.

    Hacía tiempo que tenía ganas de leer esta novela, quizás por las comparaciones que se han hecho colocándola al nivel de Madame Bovary, La Regenta o Anna Karenina, las novelas grandes sobre el adulterio femenino, pues el masculino, del siglo XIX, al ser algo ordinario, ni siquiera se consideraba materia literaria. Y, en mi modesta opinión, no. Effi Briest es una novela muy notable que he leído con gusto pero a la que no elevo hasta esos altares de la excelencia. 
    Me ha ocurrido algo curioso con esta lectura: he echado de menos muchas cosas que el autor nos oculta y que apenas sugiere y, al mismo tiempo, me han sobrado otras a las que le dedica demasiadas páginas.
    Effi Briest, la protagonista cuyo nombre da título a la novela, es una joven de 17 años llena de alegría y amor por la vida a quienes sus padres, sencillos terratenientes prusianos, deciden casar con el barón Innstetten, un perfecto desconocido hasta hace un mes, de más de 40 años, prefecto de una alejada región, obnubilados por su posición aristocrática y su irresistible ascensión en la administración pública. Con estos antecedentes, el meollo de la novela, el adulterio, queda bien encauzado desde el principio pues Effi, apenas abandonada su adolescencia se ve convertida en señora baronesa, en una tierra y una casa, o caserón con fantasma incluido, que le resultan extraños, añorando a su familia y amigos, y su esposo, un buen hombre mucho mayor que ella, se encuentra lejos de satisfacer sus anhelos.
    Lo curioso es que el narrador le descubre al autor los hechos de manera indirecta y muy sucinta. En la obra tan solo hay una brevísima escena, bastante inocente, en la que aparecen juntos Effi y el que será su amante y es que el foco de la historia no lo ocupa los amores pecaminosos de esta pareja sino la presión que los convencionalismos sociales ejercen sobre Innstetten cuando, seis años más tarde, acabado por completo el romance de su esposa, instalados en Berlín, descubre por casualidad unas cartas y, con ellas, el engaño del que fue objeto y se ve obligado a impartirse justicia cuando ni siquiera le anima un afán de venganza sino, incluso un sentimiento de perdón hacia su esposa. Asimismo, Effi pagará su culpa, que ella no acaba de admitir (y, francamente, tampoco yo, pues aquellas costumbres matrimoniales la convierten casi en heroína), con la pérdida de la custodia de su hija y el aislamiento social impuesto de por vida.
    Effi Briest juzga más a la sociedad de su tiempo y al comportamiento colectivo que a las conductas individuales de los personajes y eso es lo que diferencia esta novela de las mencionadas en el primer párrafo y por eso yo, a la lectura, interesándome y resultándome grata, le pedía mayor profundidad psicológica en los sentimientos individuales y que me permitiera contemplar el conflicto que tenía lugar en el interior de cada uno. Una objeción muy personal pues, ya se sabe, la lectura es algo extremadamente subjetivo. Como explica el traductor en la Introducción mucho mejor que yo,  Theodor Fontane se interesa más por la relación entre hechos, personas, cosas, que por el levantamiento de acta de los estados del "alma", la "psique", esa oscura sustancia de la que los comportamientos humanos no serían sino mero reflejo.
    Effi Briest está considerada como una obra maestra de la literatura alemana, al menos así lo expresa el editor en la contraportada y, desde luego, no me siento en condiciones de contradecirle. Léanla y júzguenla.

    María García-Lliberós



viernes, 2 de julio de 2021

"Viaje a la Grecia clásica" (Del monte Athos a Termópilas), de Antonio Penadés

                                                            

Editorial Almuzara, 2020                                                                

Prólogo de Pedro Olalla

374 páginas.

Premio de Ensayo de la Crítica Valenciana.


          Después de leer este libro he sentido una enormes ganas de volver a Grecia y hacer el recorrido que su lectura me ha permitido recrear en la mente. Lo que dice algo muy positivo de este ensayo tan instructivo como ameno. Se trata de un texto mixto, porque mezcla géneros. No solo es una crónica de un viaje perfecto, con descripciones atinadas de paisaje y paisanaje, y reflejo de las actividades y reflexiones del viajero, es un ensayo histórico pues el autor hace precisamente ese recorrido de 2.500  KM por la Grecia septentrional emulando la ruta del rey persa Jerjes en su intento de conquistar Grecia, años 480-479 a.C. El trayecto comienza en la frontera greco-turca junto al río Evros, sigue por la región de Tracia, la isla de Tasos, el monte Athos y Calcídica, la ciudad de Tesalónica, la Alta Macedonia, el Monte Olimpo y Tesalia, hasta terminar en el desfiladero de las Termópilas donde se fraguó la victoria de los griegos sobre los persas, de importancia esencial para el desarrollo de la cultura occidental.                             

Antecedente de este hermoso libro es otro del mismo autor, Tras las huellas de Herodoto (Almuzara, 2015) que, por supuesto, me he propuesto leer, que transcurrió por suelo turco, entre Caria hasta la frontera greco-turca e imagino una lectura tan deliciosa y enriquecedora como esta.

          Colocarse con la mirada de un contemporáneo en los lugares en los que hace más de dos mil años tuvieron lugar hechos determinantes para definir el curso del desarrollo del género humano, y hacerlo con un conocimiento profundo de los mismos, debe producir una emoción que sin duda anula las penalidades que exige llegar hasta allí. Antonio Penadés, con un lenguaje claro, accesible, ágil, ha tenido la deferencia de contárnoslo y permitirnos de ese modo acompañarle, tanto en la aventura física del viaje, extasiándonos ante la belleza mediterránea, como en la aventura mental, pues sus reflexiones, en ocasiones filosóficas, emanadas de la presencia en el lugar preciso, no tienen desperdicio y sus conexiones con el mundo de la Grecia clásica y el comportamiento humano nos ayudan a comprender la sociedad actual.

          Me ha gustado especialmente el capítulo dedicado al monte Athos, a pesar de la rabia que me produce que su acceso continúe vetado a las mujeres, donde se ubican más de ochenta monasterios habitados por monjes que mantienen el mismo estilo de vida que en la antigüedad, así como las diferencias entre la religión ortodoxa y la católica, y muchos otros detalles de singular interés para las mentes curiosas.

          En fin, una lectura muy recomendable que ha conseguido, merecidamente, el Premio de Ensayo 2020 de la Crítica Literaria Valenciana.

          



domingo, 30 de mayo de 2021

"Las hojas caídas", de Wilkie Collins

Editorial Navona, 2019                                                            

Traducción y posfacio de Miguel Martínez-Lage

555 páginas.


          Vaya por delante mi fervor por Wilkie Collins. Me gusta tanto que me impide ser objetiva. "La hojas caídas", esto es, las personas que no han tenido ninguna suerte en la lotería de la vida, las que se han esforzado mucho por conquistar la felicidad y que no han cosechado más que disgustos y pesares; los que no tienen amigos, los solitarios, los heridos, los perdidos,... como se definen en alguna página del libro, es el título metafórico de otro novelón del gran autor decimonónico, amigo y compinche literario de Charles Dickens. No es una de sus obras maestras (estoy pensando en La dama de blanco, La piedra lunar, Armandale, ·Sin nombre) pero lleva sin duda su sello como autor y, desde luego, atrapa y, a pesar de su extensión, cuando llegas al final, lamentas que se haya acabado.                           
          El protagonista de esta historia es Amelius, un joven educado dentro de una comunidad de socialistas cristianos americana que, expulsado temporalmente de la misma por haber incumplido alguna de sus estrictas normas, viaja a Londres con una carta de presentación para John Farnaby, un comerciante de éxito, poco escrupuloso, con un pasado oscuro y que detesta el socialismo. Amelius se implicará en los secretos familiares de esta familia atendiendo la demanda de la Sra. Farnaby, y ayudado por su amigo Rufus. Así se irá urdiendo esta trama llena de intriga, misterio, pasiones, dolor, muerte, confrontación entre el bien y el mal, búsqueda de la justicia y, también, felicidad.    
          La ciudad de Londres ocupa un lugar importante como escenario de los acontecimientos que se cuentan, sus calles y, sobre todo, las enormes diferencias sociales entre los barrios ricos y los pobres, en los que la miseria, el delito, la depravación moral se muestra visible y permite al autor ciertas consideraciones y crítica de la sociedad de su época.
          Las hojas caídas se publicó en su inicio por entregas en  una revista, lo que era muy frecuente entonces, y la estructura responde a esa necesidad de crear suspense tras cada una de las mismas para provocar curiosidad y una creciente tensión literaria que se tradujera en el aumento de ventas. Este es una de los secretos que hacen de las novelas de Wilkie Collins una lectura adictiva y apasionante.
          En Las hojas caídas el lector encontrará un gran melodrama, con presencia del amor y el desengaño, un gran trabajo en la definición de los personajes, un folletín muy bien contado, con esa prosa elegante que gastan los grandes autores anglosajones, que no decae en ningún momento. Entretiene y se devora. ¡Ganas tenía de una novela de estas características!

                María García-Lliberós
         
        




martes, 25 de mayo de 2021

Lírios rojos, lírios negros, de Soledad Bletrán

Ed. La Pajarita Roja. Castellón, 2020.        

311páginas.     


          Soledad Beltrán (Albocàsser, 1951) es especialista en literatura medieval y ha escrito esta novela histórica que toma como eje vertebrador los hechos acaecidos en el Reino de Valencia durante la monarquía de Pere IV, el Ceremonioso (1319-1387), un rey astuto, rencoroso y cruel. Su desprecio a los Fueros de Valencia -designó como sucesora a su hija de cuatro años, ConstanÇa, sin haber convocado antes las Cortes de Aragón, Valencia y Cataluña, lo que suponía un contrafuero pues las mujeres tenían vetado el acceso al trono si había un varón como el conde Jaime de Urgel, hermano del rey- propició la aparición de la Unió de Valencia, que se levantó en armas en una guerra entre 1347 y 1349 que terminó en derrota para la causa valenciana. Ese período coincidió con la expansión de la peste negra lo que agravó el desastre. Las consecuencias de ambos hechos fueron terribles para la ciudad de Valencia, las villas del Maestrazgo y la villa de Castellón. Si a ello se añade las represalias por parte del monarca, que no escatimó castigos de índole económica, confiscación de propiedades, y ejecuciones ejemplares, no sorprende que el siglo XIV supusiera una involución demográfica y económica tremenda en los territorios del Reino de Valencia de la que costaría recuperarse. Lirios rojos, lirios negros nos ilustra de esta parte de nuestra historia, desconocida por la mayoría de los valencianos, y este es uno de los méritos esenciales de la novela, acercarnos a la verdad histórica con rigor, al tiempo que con amenidad. 
          Pero nos encontramos ante una novela, no un ensayo académico, y los elementos novelísticos los vamos a encontrar en la estructura de la obra y los personajes. La estructura adopta la forma de tres relatos en primera persona, lo que permite al lector reunir tres puntos de vista diferentes. En los tres nos hablan las mujeres: Elisenda de Montpalau, SanÇa de Albiol y Bruna Garcés, y las tres son personajes de ficción, casadas jóvenes con hombres casi desconocidos por ellas hasta el día de la boda, seleccionados de acuerdo con su estatus social, problemáticos, alguno homosexual o maltratador. Cabe hacer hincapié en esta mirada femenina sobre los hechos reales y el carácter feminista que adquiere la novela pues a través de ellas se evidencian las injusticias cometidas contra las mujeres en la época, su indefensión y la impunidad de los hombres.
          La novela agrega elementos de intriga, pues incorpora una serie de asesinatos, dos hombres, uno tío de SanÇa, y tres jovencísimas recién casadas cuyos cadáveres aparecen con una cadencia de meses en los marjales y contribuyen a acrecentar la inquietud entre la población. Pero en ningún momento cabe calificar la novela de policíaca, pues la revelación del autor de estas matanzas está expuesto al lector de una forma tan sorpresiva e inesperada que anula la potencial tensión literaria que cabía esperar de las mismas.
          Con todos estos factores la autora conforma un relato ágil que consigue interesar y le permite incluir hechos ciertos relativos al desarrollo de la guerra de la Unió, a la creación de la orden Santa María de Montesa que heredarían los bienes de los templarios y hospitalarios y que eligió Albocàsser como residencia del comendador, o sobre el litigio sucesorio real que explica el motivo por el cual Castellón se incorporó a la guerra de la Unió, y hasta el desarrollo urbano de esta villa cuyo trazado se conserva hoy, y hechos imaginados relativos a la vida doméstica de las relatoras protagonistas, sus maridos que llegaron a la consideración de héroes en la reyerta, pasiones y secretos familiares propio de la fantasía y creación literaria.
          Lírios rojos, lírios negros ha sido finalista de los Premios de la Crítica Valenciana 2020 y se justifica porque es una novela que se lee muy bien, a pesar de que se echa en falta una mejor diversificación del lenguaje al descansar el relato en tres voces distintas y que no explota en su totalidad los elementos de intriga como ha quedado dicho anteriormente. Es una lectura que interesa y, sobre todo, nos toca cerca.

          María García-Lliberós




        


sábado, 15 de mayo de 2021

"Etty Hillesum y la transformación. La huella de R. M. Rilke"

 

V. Javier Llop.                                                                              


Narcea, S.A. de ediciones, 2021.

 140 páginas.                                        


¿Quién era Etty Hillesum? Fue lo primero que me pregunté al leer el título de este ensayo y, supongo que, como yo, el nombre resulta por completo desconocido para una amplia mayoría de lectores. Este es el primer logro del trabajo de V. Javier Llop (Valencia, 1953), acercarnos a la experiencia, extraordinaria, de esta mujer y aprender de ella.

La Wikipedia comienza hablando de Etty de esta forma:

Ester "Etty" Hillesum (Middelburgenero1914 - Auschwitznoviembre, 1943) fue una joven judía neerlandesa que mantuvo un diario durante la Segunda Guerra Mundial.

Etty escribió un diario entre los años 1941 y 1943, que testimonia su propio fin en un campo de concentración de Auschwitz. Se parece al diario de Ana Frank, pero escrito por una mujer de 27 años.

El libro tuvo gran resonancia en Países Bajos y es considerado un documento de gran valor. Ha sido traducido a varios idiomas.

Etty Hillesum fue una joven inteligente, moderna, desinhibida y una original pensadora que inició la escritura de sus Diarios para conocerse mejor a sí misma, siguiendo los criterios y el método de R. M. Rilke, su poeta preferido y porque desea ser testigo de su tiempo. Por eso, el autor de este ensayo ha comenzado explicando, o interpretando, los principales textos del poeta –El libro de las horas, Notas sobre la melodía de las cosas, Cartas a un joven poeta- para familiarizarnos con su pensamiento radical, complejo, y su lenguaje, que Etty acabará por hacer suyos y llevar a la práctica.

Para Rilke, vida y muerte son un todo indisoluble y nos anima a asumir con tal intensidad la vida que nada de ella, ni sus peores horrores, se conviertan en objeto de rechazo. Conseguirlo no es fácil y requiere ejercitar el silencio activo para poder escuchar la melodía que nace del fondo de uno mismo y experimentar una transformación que conducirá hacia una verdad interior que nos hará, a la vez, más solitarios y más comunitarios, y tendrá el significado de una religión. La transformación de la que nos habla Rilke permite invertir el sufrimiento en una energía que nos hace fuertes como personas y nos permite crecer. Y esto es lo que intentará con éxito Etty, y lo que sus Diarios nos relatan, su peripecia interior, una autobiografía espiritual, y aconfesional, inaudita si consideramos la atmósfera de violencia y maldad extremas en la que se movía: primero en el campo de Westerwork, de tránsito hacia otros de exterminio donde, “entre sus barracones, llenos de seres vivos asustados y perseguidos, encuentra la confirmación de su amor por la vida” y, luego, en el de Auschwitz, en el que murió a los 27 años. Experimentó el bien absoluto en medio del mal absoluto. Supo encontrar belleza en cualquier pequeño elemento natural y nunca dudó de que la vida era bella y justa, lo cual, en el contexto histórico que le tocó vivir, resulta asombroso y admirable.

A su pensamiento le ayuda un gran sentido práctico: convencida de que la situación de los judíos es inevitable y que en los campos las posibilidades de resistencia efectiva son nulas, solo cabe la transformación de sí mismo y la entrega y evitar, así, resentimientos, odios y egoísmos para sobrevivir que únicamente supondrían dilapidación de energía y debilitamiento personal. Pero se sabe sola en esta tarea. En su proceso de transformación se irá despojando de afanes superfluos, creará su propio Dios, que identifica con la voz interior que la corrige y critica, un Dios al que habla -es su manera de orar- y le consuela en el terror, a pesar de que nada espera de la omnipotencia divina ante el horror del Holocausto, cuya responsabilidad atribuye íntegra de los humanos. Su espiritualidad, próxima al misticismo, es ajena a la religión cristiana, judaica o budista, nace del fondo de sí misma, del proceso de interiorización y aceptación de la vida sin alusión a la fe o el más allá. Le conduce al olvido del yo, al ascetismo y al amor a los demás, incluso a los alemanes nazis. No percibe inmolación como forma de ganar el cielo, solo intento de poner orden en su caos interior, desbloquear su mente, reorganizar sus energías, estar disponible para el Dios creado por ella sin intermediarios, sin iglesias, sin pecado, sin redención, vía crucis o fe alguna.

La lectura de Etty Hillesum y la transformación no es fácil, al menos no lo ha sido para mí, desacostumbrada a adentrarme en ensayos filosóficos. Demanda una atmósfera de quietud, bastante concentración y hacerlo despacio, incluso tomando notas, reflexionando y cuestionando de continuo la coherencia del discurso que nos expone. Sin embargo, una vez terminada, he sentido una emoción gratificante intensa, me ha descubierto otra forma de mirar la vida, la del poeta Rilke y la pensadora Etty Hillesum, positiva y lejos de optimismos inconscientes, confortable, en definitiva, en la etapa vital en la que me encuentro. Es el principal motivo por el que se la recomiendo.

María García-Lliberós.


Esta reseña fue publicada en POSDATA, el suplemento cultural de LEVANTE-EMV, el sábado 15 de mayo de 2021

sábado, 28 de noviembre de 2020

"Las cinco estaciones de Vivaldi", de Emi Zanón. Editorial Sargantana, 2020. 260 páginas.

             

           Emi Zanón (Buñol, Valencia) nos ofrece esta novela romántica que sitúa en la Venecia barroca de la primera mitad del siglo XVIII. La autora ya dio muestras de sus dotes para recrear tiempos pasados con la deliciosa novela Su último viaje (Ed. Araña, 2009) cuya trama ubicó entre España y París en pleno siglo XVII.

Las cinco estaciones de Vivaldi es, pues, una novela de ambientación histórica con personajes reales –el compositor y violinista Antonio Vivaldi, la cantante Anna Giraud y su hermana Paulina, el músico Arcángelo Corelli, conocido como el príncipe de los músicos, el caricaturista Pier Leone Ghezzi, el arquitecto Giorgio Massari- y otros, los principales protagonistas –la familia de Carlo Salvadore Ghezzi y su hija Anna Isabella-, de ficción. Y ahí se encuentra la gracia de este relato: la ingeniosa manera de aprovechar parte de la biografía de Vivaldi, el prette rosso, como le apodaban, por su condición sacerdotal y el color de su pelo, durante la época en que estuvo contratado por el Ospedale de la Pietà, para desarrollar una intensa historia de amor y perdón.

El Ospedale de la Pietà era un conventohospicioorfanato y escuela de música en Venecia, activo en los siglos XVII y XVIII, y Vivaldi trabajó allí como profesor de violín y canto de 1703 a 1715 y de 1723 a 1740. Se trataba del orfanato de Venecia con mayor prestigio, precisamente, por la calidad del coro y la excelencia de algunas de las huérfanas como solistas de canto o instrumentistas. Vivaldi compuso decenas de obras para que fueran interpretadas por sus pupilas que alcanzaron un reconocimiento que transcendía los límites de la república de Venecia. Sus conciertos se hicieron famosos y se convirtieron en eventos sociales de primera magnitud que atraían a la sociedad más selecta, y la música suponía un estímulo para las huérfanas y un trampolín social para ellas en muchos casos.

Nos lo cuenta una voz omnisciente en tercera persona, una voz extremadamente culta que inicia su relato en julio de 1715 cuando una niña sin nombre, de tres años, es entregada en el Ospedale de la Pietà.

Entonces, Venecia era el centro  turístico y cultural de Europa, y no podía haber escogido la autora mejor escenario para desarrollar la trama, porque uno de los mayores méritos de esta novela es la forma como consigue que el lector se sumerja en la atmósfera cosmopolita, brillante, imaginativa, fastuosa de la vida cultural veneciana, predispuesta a celebrar la llegada de cada estación, con cantidad de apuntes interesantes sobre las costumbres de sus ciudadanos. No en balde Vivaldi nos legó los cuatro conciertos conocidos como Las cuatro estaciones, escritos para violín, orquesta y declamador, y sus respectivos sonetos, que recitaba antes de la ejecución musical, y que contenían las emociones que la primavera, el verano, el otoño y el invierno le despertaban y que él trataba de comunicar a través de la música. Me ha resultado muy hermosa la interpretación que Emi Zanón hace de los mismos, pues incluye los sonetos en la novela (en italiano y su traducción al castellano), hasta el punto que no he podido resistirme a volver a escuchar el maravilloso concierto de Las cuatro estaciones con este nuevo conocimiento que me lo ha hecho más conmovedor. Una novela, por tanto, que despierta emociones en el lector.

Las novelas de Emi Zanón, Su último viaje, mencionada al principio, Yámana, Tierra del Fuego, La hierba azul de Calíope, y esta misma contienen, a pesar de la diversidad de su temática, un elemento común: la filosofía de la autora, cuatro principios de convivencia que, sin duda, si fueran practicados con mayor entusiasmo, la vida sería más dichosa y que, en esta ocasión pone en boca de sor Consolata, una monja que poseía conocimientos sobre las propiedades mágicas de las hierbas, que sufría, o gozaba, de alucinaciones y que conservaba la sabiduría acumulada por sus antepasados, el personaje más rico y misterioso de esta novela. Destaco también otros femeninos, Anna Isabella Ghezzi y su madre, así como la cantante Anna Giraud, mujeres innovadoras en su tiempo que quieren ser libres y tomar decisiones por sí mismas, aún a riesgo de equivocarse y ser penalizadas por ello.

Al principio he definido esta novela como romántica, porque lo es. La heroína principal Anna Isabella sufrirá de mal de amores y en la trama hay pasión, traición, enredos familiares, secretos inconfesables y los tópicos propios de la novela romántica que azuzan la curiosidad del lector, incluso lindando lo folletinesco. Sin embargo, la corrección de la prosa de Emi Zanón, en ocasiones muy bella, la bondad del discurso intelectual que transmite, así como los conocimientos históricos, musicales y la perfecta contextualización espacio temporal, hacen de Las cinco estaciones de Vivaldi, una novela muy recomendable.

María García-Lliberós.



Esta reseña ha aparecido publicada en POSDATA, el suplemento cultural de LEVANTE-EMV, el sábado 28 de noviembre de 2020.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

"Hermanos de sangre", de Juan Vergara

 

Editorial Sargantana, 2020.                                  


150 páginas.

        Hermanos de sangre es la segunda novela de Juan Vergara que leo y me ha sorprendido porque supone un cambio de registro absoluto sobre la anterior. Meridiano maldito (2011) trataba sobre la expedición que hicieron seis académicos franceses, acompañados por dos marinos españoles –Jorge Juan y Antonio de Ulloa- a Perú, entre 1734 y 1744, para medir un grado del meridiano terrestre y confirmar que la Tierra no era una esfera perfecta, sino achatada por los polos. Se trata de una novela de aventuras, viajes, científica, política, histórica y social, porque Vergara con un lenguaje cuidado, abre el relato a una infinidad de aspectos. 

Hermanos de sangre se aparta de esta senda, lo que indica que Juan Vergara va definiendo su imaginario literario, amplio y variable, sin agarrarse todavía a obsesiones fijas. La trama se desarrolla en la actualidad, en las primeras décadas del siglo XXI, toma como escenario la Valencia del ensanche, un barrio de clase media, predomina la ficción, adopta como objeto literario el interior de dos familias bien distintas si atendemos a su nivel económico y otras cuestiones derivadas del mismo, y está protagonizada por tres jóvenes, uno de los cuales asume la voz narradora.

Hermanos de sangre puede emparentar con el género negro, por eso de que un asesinato forme parte del núcleo central del relato, pero me ha parecido más una novela con interés en el diseño de los personajes dotándoles de la suficiente profundidad psicológica que justifique sus conductas. No sigue el curso de una investigación policíaca, aunque haya alguna referencia, pues el narrador, Marc, que escribe desde la cárcel, se presenta como el autor confeso del asesinato apresurándose a desvelar el misterio sobre la identidad del asesino. Hay en la novela cierta denuncia social, pues asuntos como el maltrato, la tiranía familiar y sus consecuencias, la codicia económica y el consumismo, aparecen como causas impulsoras de acciones delictivas, aunque estas se ejecuten con un afán justiciero o impulsadas por sentimientos amorosos. Motivos que dulcifican la cara del asesino. 

La novela, de 150 páginas, se desarrolla en 16 capítulos. Es corta, y se hace corta, lo cual es bueno, y es de lectura ágil porque avanza a buen ritmo. El primer capítulo adopta la forma de apertura clásica de presentación del narrador y su situación: un joven de veinte años, condenado a quince de reclusión mayor por asesinato con alevosía. Ha matado al padre de sus amigos Raúl y Patricia. Ha abandonado los estudios y arruinado su vida, sin obtener nada a cambio, y no está arrepentido. ¿Cómo es eso?, se pregunta enseguida el lector, atrapado ya en la intriga.

Pero las cosas no son tan sencillas como sugieren las apariencias. Y tras los hechos desnudos, descritos así, por las consecuencias, se encuentra una madeja de relaciones que impulsan sus conductas. Las familias de ellos habitan en el mismo edificio pero mientras la de Marc ocupa, alquilados, la que fue estrecha vivienda de los porteros en el último piso, la de Raúl y Patricia vive en el amplio piso principal, en calidad de propietarios, con las connotaciones propias de las diferentes clases sociales. Unos viven de un pequeño comercio de mercería de barrio y los otros son hijos de un empresario hecho a sí mismo y orgulloso de ello, constructor, especulador y sabedor de los secretos que conducen a un pelotazo urbanístico y a engrosar la burbuja inmobiliaria. Van a un colegio privado, Marc a un instituto público, veranean en un chalet en Dénia mientras Marc los espera en una tórrida Valencia. Vidas próximas y diferentes, a pesar de compartir la misma escalera y los elementos comunes. Y les afectará de forma distinta la terrible crisis económica y financiera de 2008. 

Comento esto por el interés que despierta la descripción, sin grandes honduras, las necesarias para una novela, de la situación socioeconómica de España en la primera década del siglo XXI, el aumento del desempleo, con especial crueldad entre los jóvenes, el auge de los comedores sociales, el incremento de la pobreza y las desigualdades. Saber contextualizar un relato en sus dimensiones espacio-tiempo es lo que le aporta realismo y lo hace creíble.

Otro aspecto primordial lo constituye el diseño de los personajes. Y en este caso tiene una importancia enorme, hasta el punto de que la credibilidad de la novela descansa en ello, en que el lector acepte el motivo por el cual Marc se embarca, nada menos que en un asesinato, para “hacerles un favor” a sus amigos, asumiendo el destrozo en su propia vida, cuando no es un sicario. El difunto responde a un estereotipo del padre y esposo maltratador: un hombre con capacidad para herir, desconfiado, cínico y violento, que controla los movimientos de la familia, veta amistades, y hasta la forma de vestirse, provoca miedo y es un elemento de conflicto que impide la paz intra familiar. La madre, una mujer guapa chapada a la antigua, no se plantea ni el divorcio, ni la denuncia del marido ante la justicia. Pensarlo le produce pánico. 

Raúl sufre las afrentas del padre, al que teme y del que ha sido objeto de su ira en más de una ocasión, está necesitado de afecto y la amistad con Marc surgirá como algo necesario, sedante y enriquecedora. E incluso como una rebeldía ante el padre que tilda a Marc de don nadie. Una amistad que, por su parte, se aproxima al enamoramiento. Patricia, fría y calculadora, tiene mente de estratega. Se sabe atractiva y le resulta fácil manejar a Marc, consciente del deseo sexual que le despierta. Pero el final, agridulce, nos deparará una sorpresa que obligará al lector a redefinir al personaje de Patricia.

Una novela, por tanto, que, en el marco de un crimen horripilante, navega por el interior de los personajes, que nos habla de sentimientos encontrados, anhelos, pasiones, en el contexto de una sociedad en derribo, que enfrenta problemas de gran actualidad mediática que tienen que ver con el dominio de unas personas sobre otras y las formas que las víctimas potenciales practican para intentar evadirlo, cuando, sobre todo, falta el coraje para dejarse ayudar por la Justicia. Una novela que consigue mucho más que entretener, obliga al lector a comprender las tragedias que, hoy en día, tienen lugar en la intimidad de los hogares.

Léanla.

 

María García-Lliberós

 

 

 

 

 

miércoles, 29 de julio de 2020

Comentario de Rafa Marí sobre "la función perdida", novela de María García-Lliberós

Siempre nos quedará la lectura

La pandemia y las altas temperaturas serán agobios menos angustiosos si tenemos entre las manos libros y prensa

RAFA MARÍ
CLa palabra 'casi' nos salva de las generalizaciones abusivas. Decir
'Casi todos sobreactúan en las redes sociales' es más preciso que decir 'Todos sobreactúan en las redes sociales'. Pero los 'casi' no quedan bien en los titulares. Este verano la pandemia y las altas temperaturas serán menos angustiosas si tenemos entre las manos libros y prensa. Por un rato y con ese apoyo, (casi) todos podremos olvidar los agobios de la realidad.
Es la última novela de María García-Lliberós ('Equívocos', Premio de la Crítica Valenciana, 1999; 'Babas de caracol', 2006 y 2014; 'Como ángeles en un burdel', Premio Ateneo de Sevilla, 2002; 'Lucía o la fragilidad de las fuertes', 2011...). Leo las 358 páginas de 'La función perdida' en la segunda edición de Sargantana (diciembre, 2017). Un monólogo de Emilio Ferrer, personaje de ficción cuyas vivencias -y los empresarios, políticos y abogados que las pueblan- 'suenan' a muchas cosas ocurridas en Valencia estas últimas décadas.
Mi madre Julia, cuando tenía mucho interés en conservar algo, unos pañuelos por ejemplo, los guardaba tan bien que luego, siendo una mujer de rutinas, se le olvidaba dónde lo había hecho. Se pasaba días murmurando: 'On hauré deixat jo els mocadors?».
Tenía tanto interés en 'La función perdida' que la escondí en un sitio especial. Días después no recordaba cual era. Igualito que mi madre. Estuve dándole vueltas al tema hasta que sospeché haberlo guardado en el altillo de un armario. Inspeccioné. Había allí dos libros. El poemario 'Una grieta en el tiempo', de María Teresa Espasa, editado por Verba Manent («Si me prestas tu vida y tus zapatos, / te enseñaré a amar y caminar»; «Yo no inventé a los hombres audaces/ cuyos sueños se malogran/ entre días de vino, pasión/ y nubes grises. / Solo creí»). Y ¡por fin!, 'La función perdida'. Leí la novela en tres tardes, ajeno durante su lectura al Covid-19 y a las altas temperaturas (evito el aire acondicionado, su zumbido me inquieta). La primera tarde leí con interés las iniciales 110 páginas de 'La función perdida'. Poco a poco el relato iba ganando mi atención. Auto-radiografía existencial de un jubilado que en sus años laborales había sido un hombre influyente como Jefe del Área de Proyectos de la Dirección General de Infraestructuras.
La pasión llegó en la segunda tarde, con sus magníficos pasajes de duros reproches familiares entre Emilio y su hija Adela, momento alto que me recordó el cine de Ingmar Bergman: la amarga conversación de padre e hijo en 'Saraband' (2003): "Padre, ¿por qué nunca me has querido?"); el rencor de Liv Ullmann hacia su famosa madre, Ingrid Bergman, en 'Sonata de otoño' (1978).
Las sorpresas me aguardaban en la tercera tarde. García-Lliberós abandona el tono severo para darle a su novela unos ribetes de comedia sexy (las vacaciones en Malta; la boda de Guillermo con su asistenta chilena) o de intriga (el acoso en la escuela a la nieta de Emilio; el espionaje de Emilio a unos vecinos).
La fecundidad de García-Lliberós para imaginar sub-tramas es formidable. Las historias paralelas de 'La función perdida' podrían protagonizar otras novelas. Pero yo me quedo con los abismos familiares de sus relatos. Es una sabia conocedora de la condición humana, sus miedos y coartadas. Narrando esos enfrentamientos, María es muy grande y muy honda y veraz.

Rafa Marí

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