


Círculo de Lectores, 2011 (Ed. Salamandra, 2011).

Editorial Anagrama y en Círculo de Lectores, 2010
274 páginas (en la edición de C. de L.)
Tal vez si Paul Auster no sacara cada año un libro, pudiera mantener el nivel de exigencia al que nos había acostumbrado con títulos como La trilogía de Nueva York, El libro de las ilusiones, La noche del oráculo o Invisible. Sunset Park no está a la altura de sus mejores obras, lo que no quita para que se lea con agrado –tiene una prosa fluida y posee oficio- y se olvide, después, con la misma facilidad.
Es una novela que trata de la culpa. Miles Heller, el protagonista o hilo conductor de la narración, tuvo que ver con la muerte de su hermanastro Bobby: iban discutiendo por una carretera y le dio un empujón cuando se acercaba un coche y lo atropelló. ¿Oyó al coche acercarse y lo empujó? Un asunto que le perseguirá de por vida. ¿Quería matarlo? Un tema interesante en el que el autor no profundiza demasiado. Se limita a describir el cambio de vida al que este hecho dará lugar: abandono de los estudios universitarios, huida de su familia y de su ciudad que durará 7 años. Heller se convertirá en joven un solitario y huidizo, que vivirá de un trabajo inferior, y sólo saldrá de su auto exclusión social cuando conozca a Pilar, menor de edad por unos meses, de la que se enamorará.
Si Auster hubiera buceado más en esa relación, la novela sería otra, más de mi gusto. Pero ha optado por dispersar el argumento, yéndose por múltiples vericuetos, hasta el punto de que el protagonismo se comparte con un grupo de ocupas de una vivienda municipal abandonada en Sunset Park (Nueva York), del que se nos da demasiada información, y los avatares del padre, la madre, el marido de su madre y la madrastra. Abarca demasiado y pierde fuerza porque parece que la alarga artificialmente. Sin embargo, he echado de menos alguna reflexión profunda sobre la maldad que anida en el interior de la hermana de Pilar. Las numerosas referencias al béisbol como pasión americana y punto de encuentro conversacional entre padre e hijo, resultan ajenas y excesivas.
Auster es un cronista de su tiempo y, en consecuencia, la acción se contextualiza en una América sacudida por la crisis económica en el que el empobrecimiento general de la gente adquiere una presencia notable.
Lectura para los incondicionales de Auster (grupo al que pertenecía). Los más exigentes la encontrarán decepcionante. Confiemos en que recupere el pulso en su próxima entrega.

Ed. Melusina, SL, 2011. 174 páginas.
Primera novela de Ana Elena Pena, murciana afincada en Valencia, artista de revista y licenciada en Bellas Artes, una combinación singular que se refleja de manera perfecta en esta obra. Incluye un conjunto de relatos breves, de dos o tres páginas como máximo, que mezclan reflexiones sobre la vida, en un tono sarcástico en ocasiones y melancólico o de impotencia en otras, con asuntos que tienen que ver con el rol que la condición femenina impone en las relaciones sexuales y amorosas.
Destaca, en la primera parte, el poso de experiencia personal que se vislumbra, el lenguaje irreverente, provocativo, a veces procaz y en otras poético, exhibiendo un abanico de registros diverso, sin excluir las expresiones escatológicas o demasiado explícitas. El lector puede imaginar, detrás de la voz narrativa, a una mujer escéptica ante la conducta humana, y nostálgica, todavía, ante el amor, que se manifiesta con ingenio y un sentido del humor que le permite reírse en situaciones trágicas.
“Mamada de autora”, por ejemplo, es un cuento lleno de fantasía sobre algo tan difícil de embellecer como la descripción del acto que sin rubor le sirve de título. Pero Pretty Ketty, la protagonista, posee una técnica prodigiosa e inolvidable.
“Certezas” me ha gustado mucho porque con pocas palabras muestra un alma llena de sensibilidad. Al igual que “Ojalá que te follen bonito” (ya ven, no se anda por las ramas a la hora de titular) en el que piensa en voz alta sobre las consecuencias de caer en los brazos de un amante torpe, mostrando al respecto una sabiduría notable.
“La mujer burbuja”, un relato que pone en contacto la violación con la locura y el suicidio es magnífico. Breve, intenso, poético y trágico.
Conforme avanza la lectura se capta un cambio en el tratamiento del sexo, de una perspectiva casi en exclusiva lúdica a otra responsable, prudente, de añoranza de la maternidad, sensata, salpicada de gotas de masoquismo (“El regalo”) y adornada de una prosa cuidada.
Hago pompas con saliva sorprende por su valentía en lo que cuenta y en cómo lo cuenta. Un libro para leer a pequeñas dosis. No admite hacerlo de una sentada porque el lector perderá detalles y se cansará. Les sugiero que lo hagan con calma y, tras cada relato, mediten un poco. Encontrarán más pensamiento de lo que aparenta.
Reseña publicada en POSDATA, el suplemento cultural de LEVANTE, eo 1º de julio de 2011

Michela Murgia ha nacido y reside en Cerdeña, tiene 39 años y esta es su primera novela, con la que demuestra poseer un enorme talento literario.
La acción se sitúa en la década de los cincuenta del siglo pasado en Soreni, un pueblo costero de Cerdeña, sin contaminar por el turismo, donde impera la ignorancia, la gente cree en los maleficios y las supersticiones, y la comunidad se mantiene cohesionada a través de secretos compartidos. En esa atmósfera, Bonaria Urrai, de profesión oficial modista y también, la oficiosa, de acabadora, una mujer madura y con recursos, adopta a María Listru, hija pequeña de una viuda pobre, como fillus de anima. Significa, como la autora explica en el glosario, que acepta hacerse cargo de ella, con el consentimiento de su madre biológica y sin necesidad de exigir a cambio una ruptura de los lazos de sangre. La relación materno-filial entre la misteriosa Bonaria y la niña María, y más tarde adolescente y adulta, constituye parte del núcleo de la novela.
La palabra eutanasia no aparece en ningún momento y es, sin embargo, junto con la muerte, el otro tema fundamental. En Soreni, con lógica pasmosa, se acepta como natural ayudar a morir, de la misma manera que las comadronas ayudan a nacer. La acabadora interfiere en el proceso final de la existencia, como la comadrona lo hace al principio, y actúa para poner fin al sufrimiento y al cautiverio que supone una agonía prolongada. El lector de esta intensa novela va comprendiendo, al mismo tiempo que la protagonista María Listru, que la concepción de la acción de acabar y la forma de llevarla a cabo no son atributos de una personalidad monstruosa ,y aquí reside la fuerza provocativa del relato.
La prosa directa, sin circunloquios, los personajes descritos con pocas palabras y precisión de escultor, los medidos diálogos, los silencios clamorosos, la atmósfera de comunidad aislada orgullosa de su proceder que valora el hacerse respetar, que se mueve con astucia para compatibilizar la presencia de la religión oficial con el mantenimiento de costumbres ancestrales, algunas, como la de la acabadora, fundamentadas en una moral compasiva y otras irracionales, cimentadas en el miedo a lo desconocido, hacen a esta novela intensa e interesante.
Una lectura que llega, a un país tan desarrollado como el nuestro, en el momento oportuno, cuando se inicia la discusión de una tímida propuesta de ley sobre “la muerte digna” y está por ver si llegará a aprobarse.










